Chapters (29)
A diferencia de la desaparición de Cal, de esto sí podía encargarme. Hacer preguntas, crear espacio y silencio y dejar que los llenaran: casi siempre daba resultado. Dos horas y siete conversaciones después, lo dio. Sammy, que lo veía prácticamente todo como una transacción de algún tipo, tenía una intensa aversión a las iglesias, decía que aseguraban ayudar a la gente y a la comunidad mientras exprimían a ambas. La mujer de Sammy acostumbraba a seguirle la corriente, pero, después de que su hijo mayor muriera en un accidente de tráfico unos meses atrás, Eileen volvió a la Iglesia Metodista en la que su familia la había educado. Todo el mundo sabía que eso había dado lugar a tormentas entre ellos; una vez empecé a hacer preguntas, salió a la luz.
Para cuando hablé con ella, Eileen reconoció que había dado alimentos a una iniciativa de la iglesia de comidas para indigentes. No se lo había pedido a Sammy porque sabía que, por mucho que él se negara, luego no dejaría de darle la lata con el asunto, así que habló con el capataz del turno de noche, un viejo amigo, y le suplicó ayuda.
Dejé que Sammy y Eileen lo solucionaran entre ellos y fui a comer a Mindy’s. El viento levantaba remolinos de polvo y basura en la calle. Como era de prever, al soplar tres fuertes rachas de viento seguidas, las puertas vibraron y se dispararon las alarmas en la Ferretería Sheldon’s. El establecimiento llevaba cerrado tres meses después de que le diagnosticaran un cáncer a Ed, dejándonos a todos con la duda de si volvería a abrir. Entre tanto, las puertas y ventanas en malas condiciones del viejo edificio, uno de los más antiguos de la calle mayor de Farr, eran garantía de alarma cada vez que soplaban vientos fuertes o había tormenta. Estábamos acostumbrados, no le dábamos mucha importancia, pero le pedí al chico de Mindy’s que me guardara la comida mientras me llegaba allí para cerciorarme.
A media tarde, se produjo otra crisis de una magnitud típica de Farr con una llamada desde el Bar Marte. Llegamos allí, Davey y yo, para encontrar a dos hombres, ninguno de los dos conocido, plantados entre las figuritas de platillos volantes, astronautas y monstruos que Burl había ido acumulando en estantes, vigas y prácticamente cualquier superficie sin uso a su disposición, venga a maldecir y declarar a voz en cuello lo que iban a hacerse el uno al otro, toda una pelea de bar en tiempo futuro, como si los juguetes y las maquetas que les rodeaban les hubieran contagiado alguna aflicción futurista.