Back Sarah Jane
Chapters (29)
  1. Cover Page
  2. Portada
  3. Portadilla
  4. Créditos
  5. Dedicatoria
  6. Citas
  7. 1
  8. 2
  9. 3
  10. 4
  11. 5
  12. 6
  13. 7
  14. 8
  15. 9
  16. 10
  17. 11
  18. 12
  19. 13
  20. 14
  21. 15
  22. 16
  23. 17
  24. 18
  25. 19
  26. 20
  27. 21
  28. 22
  29. Nota

—Vivía en esa única habitación, ¿verdad? Con una casa entera a su disposición.

—Eso parece.

—¿Por qué haría algo así, Sarah?

Meneé la cabeza. La razón por la que la gente hace la mayoría de las cosas es un misterio. Intentaba que todo fuera sencillo, quizá. Que se apreciara a simple vista. Lo que ves es lo que hay.

—¿Volverá?

—No sabemos si se ha ido.

No sabíamos una mierda.

¿Cómo podía ser que el Cal con el que pasábamos la jornada y el Cal que vivía en esa habitación fueran la misma persona? ¿Y dónde estaban ambos, aparte de en paradero desconocido? Yo también había pasado temporadas haciendo todo lo posible por mantenerme pegada a la pared, por evitar cobrar entidad. Escabulléndome, siempre en movimiento. Vidas privadas, vidas públicas. Todos las tenemos. Es posible que la vida no examinada no merezca la pena vivirse, pero la vida examinada, cualquier vida examinada, sin el menor asomo de duda va a sorprenderte, a desconcertarte y a perturbarte. Aun así, aquí estoy, dejando todo esto por escrito, tal como hacía en el cuaderno de espiral a los siete años.

—¿Dónde estás? —preguntó Brag. Brag de Bragley, el hombre apocopado como su apodo, metro cincuenta y cinco escasos, pero a gusto consigo mismo como pocos lo están. Brag era el tipo para todo. Mantenimiento, puesta a punto de vehículos, operador de teléfono, suministros, coordinador, recadero. Cualquier cosa que hiciera falta. Habría desmontado los ordenadores y aprendido a repararlos si se lo hubiéramos pedido. Ninguno teníamos la menor idea por entonces de que acabaría dirigiendo el cotarro.

Había llovido casi toda la noche. Salía vapor del aparcamiento cuando el sol empezó a calentar. Tenía en la mano una taza de café que no recordaba haberme servido ni bebido, aunque estaba casi vacía.

—Lo siento —le dije a Brag—. Voy como en piloto automático.

—Ha llamado Will Baumann —nuestro alcalde barra magnate de los muebles, cuya esposa había muerto cinco años atrás en un accidente de circulación. Siempre notaba que me ponía en plan taimada y escurridiza cuando estaba en su presencia, aunque nunca tenía la seguridad de que las aparentes insinuaciones fueran reales. Igual solo era que quería seguir sintiéndose capaz de ligar y notaba que flirtear conmigo no entrañaba peligro—. Ha dicho que vayas cuando puedas y te invita a comer. ¿Crees que quiere ver qué puede sacarte sobre Cal?

—Todavía no he madurado ninguna idea.

—Claro, como que a otros ya se les han podrido...

Típico de Brag. Su manera de hablar encajaba con su estatura y su apodo de «fanfarrón». Era capaz de resumir la Guerra del Peloponeso en una sola frase.