Chapters (29)
Había una estrecha cama, hecha de manera impecable, contra unas gruesas puertas correderas de roble. Las puertas tenían echado el cerrojo, los tiradores embutidos, es de suponer que el mecanismo oculto también, de pesado latón. Junto a una ventana de bisagras, en una mesa con tablero de formica, había un archivador vertical con media docena de ranuras y una bandeja para el correo. Entre la bandeja y el archivador, flanqueados por una taza de café con bolígrafos, tijeras y una grapadora, estaban alineados el móvil y el cargador del busca de Cal. Cortinas de gasa en todas las ventanas altas.
—Este sitio parece un juego de mesa —comentó KC.
Tenía razón. La mesa y la cama eran los puntos de referencia de la habitación, el sofá de dos plazas y un sillón Morris formando ángulos complementarios hacia el centro. Se trataba de algo más que simple orden: si se movía una sola pieza, todo el mundo tangible podía caerse a plomo.
KC fue a registrar el resto de la casa mientras yo hurgaba allí en la cabina. En una radio en la mesita al lado del sillón Morris sonó una emisora local de temas antiguos cuando la encendí. El cojín del sillón tenía bultos y Dios sabe de qué color original se había desvaído hasta quedar morado. Las baqueteadas deportivas bajo el sillón habían pasado a ser zapatillas caseras, los talones permanentemente aplastados hacia dentro.
Eché un vistazo a las carpetas. Facturas abonadas sin tardanza por lotes, ingresos regulares en cuentas corrientes. Polaroids y fotos de Ceci de niña, en la escuela, con la toga de licenciada universitaria. Historiales médicos de la Asociación de Veteranos, médicos privados, informes de laboratorios, farmacias. Formularios fiscales. Dieciséis cartas personales, ninguna de más de un par de breves párrafos. Certificado de nacimiento, licencia matrimonial, tarjeta de la Seguridad Social, declaración de últimas voluntades.
En un momento dado KC volvió para decirme que había una colección completa de Historia de la civilización, once volúmenes. Me sorprendió que supiera lo que era.
—Y una colección entera de la Enciclopedia Británica, ¿cuándo fue la última vez que viste una de esas?
—Tenía una hija, ¿recuerdas? —dije—. Eso es lo que hacía la gente.
En el trayecto de regreso al pueblo, escuché un informe completo de lo que había en la casa. Comida caducada hacía tiempo en los estantes de la cocina, el frigorífico desenchufado, ropa todavía en bolsas de la tintorería; la habitación de Ceci estaba igual que como debía tenerla cuando vivía allí de adolescente; un retrete de los tres que había, en el lavadero junto a la cocina, seguía en funcionamiento, y un avispero en el revés de una ventana rota.