Chapters (29)
Trabajó de abogado mucho tiempo, en un despacho sobre un almacén primero, luego en otro medio escondido tras un salón de belleza en otra ciudad un poco más cerca, decía, de la sivilisasión. Ayudó a mucha gente. Uno no podía evitar preguntarse cómo lograba ganarse él la vida.
Fue entonces cuando nos conocimos. Le robaron el bolso a una mujer delante del Safeway. Como yo era negro y se me veía fácil, vinieron y me pillaron. Trabajaba de cocinero en el Café Hogareño de Sally Ray y dormía en la despensa. Sigo sin saber cómo lo hizo, pero Willis consiguió que compareciera ante un juez. Una hora después, me dejaron en libertad. A partir de entonces, de vez en cuando, Willis venía a ver cómo lo llevaba.
Yo nunca había tenido mucha ambición, siempre había estado a gusto con quién era y dónde estaba, pero Willis quizá tuviera más de la cuenta. Era como si llevara una carga: era necesario hacer tal y cual, y venía a ver lo poco que se estaba haciendo. Una noche vino a la tienda de neumáticos donde trabajaba para despedirse. Había traído refrescos e ingredientes para sándwiches. La bolsa tenía manchas en los laterales donde se había filtrado grasa de los embutidos. Nos sentamos a comer en la parte trasera. Allí también había grasa de sobra. Uno cree que ya le ha cogido el tranquillo, dijo, el coche va como una seda, no hace demasiado ruido bajo el capó, las luces alumbran bien ahí delante. Pero el trasto no hace más que averiarse. A un kilómetro de la ciudad, a cien, da igual, no hace más que averiarse.
Llovió mucho después de aquello, no se imagina lo que me sorprendió volver a toparme con el viejo Willis. Le dije que me había agenciado una casa también, y cuando la vio dijo que mi casa tenía más potencial que ninguna otra que hubiera visto.
Pasaron los años, como tienen por costumbre. Nos cruzábamos de vez en cuando. Nunca le pregunté cómo era que acabó viviendo aquí, igual que él tampoco me lo preguntó. Pero Willis decía cosas, ya sabe. Como eso de que hay gente que está hecha de otra manera. Que viviera como lo hacía, que fuera tan reservado, tenía que ver con algo en su interior que había llegado a descubrir. Una noche me contó que al principio había querido cambiar las cosas, pero las cosas lo habían cambiado a él. Supongo que debió ocurrirle algo, algo relacionado con la ley, pero Willis nunca hablaba de ello.
—Se lo agradezco, señor Robinson —dije, al tiempo que me ponía en pie.
—No sé qué esperaba encontrar aquí, joven.