Chapters (29)
En sus tiempos de gloria, el lugar podría haber dado cobijo a tres familias sin necesidad de que se relacionaran. Ahora las paredes, los suelos y los marcos de las puertas sobresalían formando ángulos disparatados y el lateral del porche se combaba en torno a los pies de la casa, arrastrando tierra. Las primeras dos veces que fui hasta el porche y llamé, no saqué nada en claro, aunque me pareció oír movimiento en el interior. Era imposible que alguien anduviera por esos suelos de madera en silencio. Si desplazas peso, partes de la casa se desplazan al unísono. La tercera vez, se abrió la puerta. Olía a carne friéndose en el interior. Carne no muy buena.
Tenía la piel moteada, negra en algunas partes, en otras de color chocolate con leche, las palmas de las manos de un blanco rosado y surcadas de profundas arrugas. Le temblaban ambas manos.
—No se da por vencida, ¿verdad, señorita?
—Ya no mucho, no señor, no me doy por vencida.
—Sea lo que sea lo que busca, no está aquí.
—Es en relación con Willis Patch.
—Él tampoco está.
—He venido a decirle que murió.
Sin pausa.
—Y un cuerno ha venido a eso. —No afloró nada a su cara ni a sus ojos—. Nadie conduce hasta aquí, por la miseria que queda de esas malditas carreteras, si no anda detrás de algo. Y menos aún lo hace tres veces. Pero ya que está, más vale que pase.
A la vez que me indicaba un sofá más que vetusto de un tono verde que no se veía en la naturaleza, fue a apagar el fuego de la cocina y se dejó caer en un sillón tan hundido que las rodillas casi le quedaban a la altura de la cabeza. Le dije quién era, lo del aviso y cómo había entrado en el domicilio del señor Patch. Cuando hube terminado nos quedamos allí, el espinazo y las articulaciones de la casa crujiendo a nuestro alrededor.
—En paz, dice —se removió en el asiento. Una pata delantera era un par de centímetros más corta que las demás—. Eso está bien. Un hombre que aguanta casi noventa años merece un poco de paz.
—No parecía tan viejo ni mucho menos.
—Willis era de estirpe robusta, gente dura más endurecida aún por la vida que llevaban.
—¿Qué puede contarme de él?
—¿Es para que pueda darle carpetazo al papeleo?