Chapters (29)
Años antes, ahora. No hay más que series de policías en la tele y, por lo visto, el punto cadente de la política es Latinoamérica. No habría sido capaz de citar a Rimbaud o a Lenin por mucho que me hubieras amenazado con una botella rota de mescal contra la garganta. Horneaba pasteles y tartas en una cafetería de esas regentadas por mamá y papá que sirven carne y patatas, había engordado doce kilos que no me hacían la menor gracia y tenía por mejor amigo al hijo gay de los propietarios, que se había ido a la universidad estatal y había vuelto a casa con la cabeza como una bolsa de canicas llena de ideas grandiosas que se moría de ganas de contarle a alguien.
Cuando ya no distinguimos el poder corporativo del poder del gobierno, decía, vamos directos al fascismo. No es nunca un descenso progresivo, es un peligro siempre al acecho. Añade a la mezcla el poder de dios y el poder de los medios, y ya está. Aquí lo tenemos. Fascismo, pero con el control en manos de las grandes empresas en lugar del gobierno.
Eso lo dijo Mussolini, decía, más o menos.
Y ese fue el comienzo, supongo, de la reserva de citas y citas erróneas que he acarreado por ahí como el saco de un recolector de algodón durante el resto de mi vida. Wallace Stevens escribió que, si bien una idea es una cosa, siempre se pueden buscar palabras que la sustituyan.
Una cita, por ejemplo.
Todos los polis de la tele tenían vidas tristes. Profundas cicatrices. Heridas. Insinuaciones oscuras amenazaban justo entre bambalinas; los flashbacks ocurrían un tanto desenfocados o en blanco y negro, a menudo el mismo, o variaciones, una y otra vez; las confesiones brotaban de las bocas en los últimos cinco minutos. Se suponía que esas cicatrices y esas heridas debían explicar las vidas de los polis, justificar todo lo que hacían, hasta el último acto, hasta la última muestra de pasividad. Por qué tomaban café por la mañana de un cuenco desportillado para niños, por qué se sumían en el silencio cuando alguien decía «caracol de mar», por qué no llevaban nunca dinero en efectivo, o por qué tenían seis pares de la misma camisa y pantalón.
Mi propio poli personal hubiera suspendido miserablemente el test televisivo.
¿Hosco, poco comunicativo?
El tipo no callaba nunca y se expresaba por medio de oraciones completas que además tenían perfecto sentido.
¿Traumatizado por la guerra? ¿Herido?
Se le veía tan feliz que daba asco. Sólido, seguro, atento al presente.
¿Alcohólico?
Tenía una leve adicción al café.
¿Y motivado? Bueno, vale, esa parte es cierta.