Chapters (29)
Nos conocimos cuando me paró porque llevaba una luz de freno averiada. No rota, aclaró, más bien parpadea, ¿sabes? El restaurante se había pasado preparando comida para una reunión de antiguos alumnos la víspera y yo iba a donar las sobras a un asilo de ancianos, llevaba cajas de sándwiches chiquititos, pasteles pequeños pero dignos y medias tazas de ensalada de patatas apiladas en el asiento de atrás. Cuando me entregó la advertencia escrita y empezó a alejarse, supuse: «Bueno, hay para dar y regalar», y le llamé. Le pregunté si los muchachos en comisaría querrían algo de comer.
Abrió una de las cajas que le di.
Vaya, ¿no hay dónuts?
Entonces miré la placa con su nombre.
—¿Random, como al azar? Tiene que estar de broma.
—Mi madre creía firmemente en el azar, y en poco más.
Cuatro días después llamó, empezó disculpándose por servirse de su puesto para entrometerse en mi intimidad y me dijo que esperaba que accediera a quedar con él para tomar un café, una copa o cenar.
¿Por qué no todo lo anterior?, dije.
Aquella primera cita para jugar duró unas tres horas; la segunda, la mayor parte de un fin de semana que él tenía libre. En cuestión de un mes vivíamos juntos, primero en su apartamento de planta baja que causaba la misma sensación que un cajón de escritorio bien ordenado, luego en otro más grande que quedó desocupado en el primer piso de su edificio. Desde luego estamos ascendiendo, dijo Random, eso nadie lo puede negar.
Así pues, ahí estábamos, yo entraba antes de que empezara el ajetreo, ni muy tarde por la noche, ni muy temprano por la mañana, me ocupaba de mis productos horneados antes de que hubiera mucho lío en la cocina y a veces me quedaba para encargarme de la parrilla (mantenerme en forma) cuando Karl no aparecía; Random trabajaba algunas noches, hacía turnos de tarde o dobles, los dos dormíamos cuando disponíamos de unas horas. Teníamos esa broma de «Nos cruzamos en el pasillo solo lo justo para saludarnos. A ver si quedamos alguna vez».
Vivimos en bolas de nieve, ¿verdad? Las escogemos, las agitamos, los años revolotean a nuestro alrededor y se posan. Localizada por el ojeador de un restaurante de lujo, no tengo ni idea de cómo ocurrió, pasé de las tartas de crema de coco a los patés y los platos impronunciables. Descubrí la maravillosa autonomía de los estudios online y, pese a mi desconfianza por lo que todos llamaban «estar conectados», obtuve mi titulación. Me dio por la bici de montaña y dejé los doce kilos de sobra en los senderos. Quería a Random, aunque en absoluto, insistía yo, por azar.