Chapters (29)
—Yo no tengo ni puñetera idea de nada.
Continuamos sentados en silencio hasta que la enfermera a la que correspondía el rostro de la ventana entró para decirme que era hora de que me fuera. Le pregunté por las horas de visita. Le dije a Yves que le vería al día siguiente después de trabajar.
—Lo superaremos.
Se echó a reír.
En el recuerdo esa risa resuena a través de mis vagos recuerdos de las semanas siguientes. Cuando volvía de trabajar pasaba por el hospital, iba a clase, me las apañaba para encajar una cabezada en alguna parte, volvía al hospital, estudiaba allí o en casa, probaba a echar otro sueño, fichaba, preparaba y horneaba, y otra vez a empezar. Para cuando Yves volvió a casa, poco más de siete semanas después, no quedaban muchas risas.
Me iba a trabajar o a clase sin la menor idea de lo que me depararía el día. Llamadas de teléfono en serie sin razón alguna. La casa patas arriba, como si hubieran estado jugando animales grandes, a mi regreso. Un enorme vacío persistente.
Estuvo una semana entera sin levantarse apenas de la cama. Otra se la pasó viendo una cadena en la que solo ponían comedias de situación antiguas, Danny Thomas, Dick Van Dyke, Joey Bishop, Sueño con Jeannie, Hazel, y sin comer otra cosa que tostadas con queso fundido.
A principios de abril, cuando llevaba en casa siete semanas, el terapeuta al que iba (o no iba, las más de las veces, porque Yves anulaba la mitad de las citas) le recomendó que volviera al hospital para someterse a una evaluación. Usaban mucho esa palabra. Evaluación.
—No hay de qué preocuparse —aseguró Yves—, vuelvo en un santiamén. Una puesta a punto rápida. Me ajustan las tuercas, comprueban las correas, limpian el carburador y ¡en marcha! —El Yves de antes asomaba un momento desde las profundidades.
Los meses siguientes trajeron otras dos visitas de puesta a punto al hospital, nuevos terapeutas psicológos y del comportamiento y todo un aluvión de pastillas, aunque yo nunca sabía cuáles se tomaba en realidad. Al principio, estaba implicada en la terapia de forma periférica. En una sesión, un terapeuta más serio que un muerto e Yves más terco que una mula, estuvieron la hora entera sosteniéndose la mirada. Con otro, una mujer posiblemente transgénero bien parecida, no calló ni un momento. Luego hubo una vez que se transformó en crítico de cine, respondiendo a todas y cada una de las preguntas con comentarios acerca de estructura y dinámica argumentales; la palabra storyboard salía a relucir cada dos por tres.