Back Sarah Jane
Chapters (29)
  1. Cover Page
  2. Portada
  3. Portadilla
  4. Créditos
  5. Dedicatoria
  6. Citas
  7. 1
  8. 2
  9. 3
  10. 4
  11. 5
  12. 6
  13. 7
  14. 8
  15. 9
  16. 10
  17. 11
  18. 12
  19. 13
  20. 14
  21. 15
  22. 16
  23. 17
  24. 18
  25. 19
  26. 20
  27. 21
  28. 22
  29. Nota

—Maldito y solo para siempre —dice Yves—, con el alma atormentada, el monstruo hace pedazos el lugar donde nació y huye al campo, ¿no?

—Más o menos.

—Pero eso no es el final, eso nunca es el final.

—No.

—Toda novela, todo poema, cuenta exactamente la misma historia, la que seguimos contando una y otra vez. Cómo intentamos llegar a ser humanos de veras, y cómo nunca lo conseguimos.

Alegres no estábamos, esa noche.

A menudo, cuando suceden cosas te das cuenta de que las presentías desde hacía tiempo.

Justo volvía a casa de clase cuando llamó Adrian, el compañero de Yves en el nuevo negocio de energías alternativas. Su secretaria había entrado en el despacho de Yves y se lo había encontrado todo erguido y sonriente delante del ordenador, borrando de manera metódica archivos de la empresa.

En el hospital averigüé que por ley no podían darme información de su estado y, de hecho, puesto que no estábamos casados, no tenía ningún derecho. Según me dijeron, Yves estaba bajo observación. Me avisarían cuando pudiera entrar a verlo, si es que alguna vez podía.

Eso ocurrió cuatro horas y pico después, en una habitación cutre y desangelada de la undécima planta. Había que llamar al interfono para que te abrieran. Las puertas de entrada estaban al fondo de una larga sala de día y, cuando sonó el zumbido del interfono, todas las cabezas se desviaron de la televisión para mirar. La mayoría volvieron a centrarse en la pantalla. Otras me siguieron con la mirada cuando pasé con la enfermera que había salido a recibirme a la puerta.

Yves estaba sentado, con la mirada apagada, en una silla de plástico que me hizo pensar en una berenjena echada a perder. Dijo algo con guturales sordas, lo intentó otra vez y soltó:

—Qué estupidez, ¿eh?

—En la escala de todo lo demás que ha ocurrido hoy en el mundo entero y en Washington, apenas llega al uno.

—Qué difícil es dejar huella hoy en día. —Señaló una ventana que daba al puesto de enfermería. Había carteles con frases motivadoras colgados al lado, con los bordes abarquillados—. Están vigilando, así que no me traigas droga de tapadillo. O algo peor. Y, por cierto, tienes dos cabezas.

—En ese caso, me parece que ya te has metido droga suficiente.

—Podría ser. Siento una calma increíble, y al mismo tiempo estoy a punto de escabullirme de mi propia piel —guardó silencio un momento—. Interesante.

Si quería hablar de ello, lo haría. Eso lo sabía. Así pues, permanecimos en silencio, lo que unos minutos después hizo que se asomara un rostro a la ventana. Asentí y sonreí. Él le hizo una peineta.

—Se creen que tienen todas las respuestas.

—¿Y tú?