Chapters (29)
Una vez se marchó en mitad de una película, no dijo ni palabra, solo se fue de la sala de cine, una comedia estúpida sobre una pareja que tenía una primera cita y luego no conseguía tener la segunda por culpa del tiempo y animales que eran una monada, embotellamientos y desfiles. Mi hermano y yo vimos el resto de la peli, hasta el gran final con el tipo a la derecha del escenario y ella a la izquierda y grandes espacios abiertos entre ambos. Darn y yo esperamos a la salida durante media hora antes de suplicarle a un conductor de autobús municipal que nos dejara volver a casa gratis, porque no teníamos dinero. Mi hermano se llamaba Darnell, pero todo el mundo le llamaba Darn.
Papá levantó la vista del ponche de leche que estaba preparando en la encimera de la cocina cuando entramos.
—Vaya. Se ha ido otra vez —comentó.
Le dije que regresaría.
—Seguro que sí. —Tomó un sorbo, añadió más azúcar—. La vida no es una pizzería, Bonita. No hace entregas a domicilio.
Vamos a treinta y siete kilómetros por hora por ese desierto extranjero dejado de la mano de Dios y hay polvo hacia la derecha. Al este o al oeste, quién sabe. No hay muchos puntos de referencia por ahí, o sea que hay que consultar la brújula. El puñetero sol está por todas partes, así que tampoco es de mucha ayuda. Oscar detiene el jeep para que nos hagamos una idea de a qué distancia está el polvo, en qué dirección se desplaza el vehículo, a qué velocidad. El motor está al ralentí, pero es como si lleváramos las sacudidas, los vaivenes y los topetazos estampados en el cuerpo. Aún los notamos. Oscar no tiene manchas de sudor en las axilas y estoy pensando: Joder, este tío no es humano, es una especie de alienígena. Alguna clase de criatura.
—¿Quieres tener hijos? —me pregunta Oscar. Surgen cosas raras en ese plan ahí bajo el sol mortífero, conversaciones que no tendrías en ninguna otra parte. Como si ese paisaje tan monótono lo hiciera salir a la luz—. Algún día, me refiero.
No le digo que ya tuve una.
Seis horas después de tenerla, a las dos o tres de la madrugada, me dijeron que habían hecho todo lo posible, pero que la bebé había muerto. Me la llevaron para que la abrazara, envuelta en una sabanita rosa. Tenía la cara de un blanco espectral. ¿De verdad había llegado a vivir? Una hora después de que se fueran, me largué.
—Qué va —le dije a Oscar.