Chapters (29)
No esperes ningún milagro, yo desde luego no lo esperaba. Las vidas rara vez entran en el horno como una masa informe y salen de un precioso tono dorado. Así que no hubo ningún estallido ni Big Bang, ningún momento en que la imagen queda congelada en un primer plano, los ojos ilusionados y destellantes mientras la banda sonora realza la palpitante trascendencia. Más bien, una filtración. Aguas lentas entrando por debajo de la puerta que dejan fuera de sitio juguetes viejos y alfombras y zapatos preferidos.
¿Podemos escoger quiénes somos?
¿Podemos escoger en qué creemos?
¿Son esas dos preguntas parientes consanguíneos?
¿Hasta qué punto vienen determinadas nuestras convicciones por la elección, hasta qué punto por las circunstancias de nuestro nacimiento y, por extensión, aquello a lo que nos vemos expuestos?
Y es no es —lo fue para mí— más que el principio.
El doctor Balducci enseñaba por medio de citas y discusiones. Empezaba por algo como lo que dijo Rimbaud, lo exponía ante la clase para entablar una discusión y al cabo de un rato volvía al origen de la cita y el significado que tenía en esa época en particular, esa vida en particular. Siempre lo particular, decía, siempre. Las abstracciones te sofocan como una almohada sobre la cara hasta morir. No existe una teoría del todo. No existe una teoría de nada.
¿Mi cita preferida, la que más a menudo me viene a la cabeza? «Pregunta quién se beneficia, y de quién». Lenin. Prueba a interpretar la última declaración de tu político, evangelista televisivo millonario o director general con eso en mente.
El doctor Balducci, italoamericano de tercera generación, tenía a gala su pedigrí. Todavía se estremecía al oír acordeones, decía, todavía celebraba reuniones familiares en los peldaños de la entrada y jugaba al dominó en mesas en la acera allá en Brooklyn, aunque «me parece que malinterpreté todo eso de ser un tipo listo y, en vez de frecuentar buenas compañías, me saqué el doctorado». Cuando se enteró de a qué me dedicaba, nos habló de la panadería de sus abuelos, un negocio familiar hasta hoy, y a la semana siguiente trajo galletitas italianas para toda la clase. Confesó que llevaba casi toda su vida adulta intentando leerse la Divina comedia de Dante en italiano. Lo intentaba una y otra vez, dijo, y siempre se quedaba atascado. El ejemplar que trajo estaba erizado de notas adhesivas, todas inscritas con la fecha en que había acabado allá en los bosques oscuros con Dante, Nel mezzo del cammin di nostra vita.
Segundo año de escuela universitaria, Historia de la novela, leo Frankenstein y me doy cuenta de que no es en absoluto el libro que creía.