Back Sarah Jane
Chapters (29)
  1. Cover Page
  2. Portada
  3. Portadilla
  4. Créditos
  5. Dedicatoria
  6. Citas
  7. 1
  8. 2
  9. 3
  10. 4
  11. 5
  12. 6
  13. 7
  14. 8
  15. 9
  16. 10
  17. 11
  18. 12
  19. 13
  20. 14
  21. 15
  22. 16
  23. 17
  24. 18
  25. 19
  26. 20
  27. 21
  28. 22
  29. Nota

Yves bien podría haber ganado concursos al Hombre Más Cariñoso y Con Más Probabilidades de Tener Éxito. Pero tenía la lengua tan afilada como dulce la manera de ser, su naturaleza era la de un velocista. Para cuando nos conocimos, había fundado cuatro empresas y las había puesto firmemente en el buen camino solo para luego abandonarlas. Perdía el interés en cuanto algo estaba construido.

Todas las mañanas de esos días lentos, ajenos al tiempo, lo veía asomarse a la ventana y quedarse ahí, como si husmeara el aire, cribando mudos mensajes en busca de indicios de lo que podría traer el día.

Se habría burlado de mi descripción del ritual mañanero, claro.

Y eso hace, reírse, al tiempo que se gira desde la ventana, mirándome primero a mí, y luego, con sorpresa fingida, la erección que apunta al sur.

Ay, Dios. Fíjate qué ha pasado.

El jardín (lo veo ahora, cuando él se aparta del marco de la ventana) está invadido por mariposas.

Esos se convirtieron (sin planificarlo en absoluto, como a menudo ocurre en la vida) en los años de educación superior. Trabajaba de pastelera en una boulangerie de pega cerca de la escuela universitaria. No era gran cosa como pastelera, en realidad, pero lo fingía, igual que la propia boulangerie. Baguettes pequeñas, buñuelos, cruasanes, cuernos de crema, tartaletas. Entraba a las cuatro de la madrugada para prepararlo todo y a las diez ya había terminado la jornada. Viendo a los alumnos con las bolsas de libros, los portátiles y el calzado cómodo, se me ocurrió volver a estudiar, y quizá esta vez seguir haciéndolo. Lo había intentado en un par de ocasiones y no aguanté mucho.

A la mayoría de los alumnos les doblaba la edad, y de los profesores no andaba mucho más cerca. Todo el mundo me llamaba señorita Pullman. Un consejero me sugirió que empezara poco a poco, escogiendo asignaturas que me interesaran especialmente, así que eso hice. Como «Inglés 250: Temas vitales», lecturas de la literatura internacional en el entramado de las grandes preguntas —la muerte, el individualismo y la comunidad, la naturaleza de la realidad—, todo ello aderezado con redacciones de veinteañeros acerca de sus propias vidas tan fascinantes. O «Historia americana: El despliegue de la narrativa», que para el caso podría haberse titulado «Pensamiento correctivo». Todo lo que se nos enseña es falso, nos dijo el profesor el primer día. Citaba a Arthur Rimbaud, según vería más adelante.