Chapters (29)
—Ha desaparecido. ¿Te importa servir el arroz? —Nos puso vino a los dos—. Le hacía daño a la gente, Sarah, mató a una persona, que sepamos. Cosas así pueden volverse contra ti, desde donde menos esperas.
Fue entonces cuando lo entendí. Supe lo que le había ocurrido a Dan. Supe que durante meses B. H. me había tenido cerca pensando que en algún momento quizá Dan se pusiera en contacto conmigo. Empezaron a encajar un montón de cosas. Aquella primera visita, lo que había ocurrido con Susie y Bud en el piso de al lado. Magulladuras y abrasiones en las manos de B. H. Lo de hablar constantemente de gentuza, escoria humana y tipos que palmaban tal como habían vivido. La solicitud de cambiar de compañero por parte del sargento Barnes. El amigo de B. H. en el cuerpo, Pryor Mills, y todas esas historias.
Y reconocí mi propia ignorancia voluntaria. Con alarmas ululantes y ángeles aconsejándome que no lo hiciera encaramados a mi hombro, a sabiendas de en qué se estaba convirtiendo, a sabiendas de lo que era, me había tirado a la piscina, me había quedado con él, me casé con él, fingido.
Había hecho la vista gorda durante mucho tiempo.
Si abandonas a un hombre violento, lo haces rápido y con decisión, y pones tanta distancia entre ambos tan aprisa como sea posible. B. H. no sabía nada de mi pasado militar. Y hasta el día que me fui, a pesar de las provocaciones, yo no había pasado a la acción ni una sola vez. El gesto de sorpresa en su cara cuando lo hice, mi propio asombro ante lo que estaba haciendo: los dos como piedras tomando forma en el aire sobre nosotros mismos momentos antes de estrellarnos contra el suelo.
Estaba en el cuarto de baño preparándome para acostarme, a las ocho de la mañana o así, cuando llegó a casa. Se plantó en el umbral mirándome, luego se me acercó por detrás y me echó las manos al cuello. Con suavidad al principio, aunque es posible que fuera en plan juguetón, o así lo creyera él. Pero todo instinto en mi interior, todo lo que sentí en ese momento, se decantó por lo segundo. Yo tenía el cepillo en la mano. Me giré y le di con el mango en toda la garganta.
Derriba a tu oponente. Si no puede respirar, no puede luchar.
Luego, solo para asegurarme, pues no había planeado nada de ello, no era más que instinto y el subidón de todo lo que había pasado por alto desbordándose ahora en mi interior, me incliné sobre él, le cogí la cabeza con las dos manos y se la golpeé contra el suelo.