Back Sarah Jane
Chapters (29)
  1. Cover Page
  2. Portada
  3. Portadilla
  4. Créditos
  5. Dedicatoria
  6. Citas
  7. 1
  8. 2
  9. 3
  10. 4
  11. 5
  12. 6
  13. 7
  14. 8
  15. 9
  16. 10
  17. 11
  18. 12
  19. 13
  20. 14
  21. 15
  22. 16
  23. 17
  24. 18
  25. 19
  26. 20
  27. 21
  28. 22
  29. Nota

B. H. había comenzado siendo un hombre bueno en el fondo, creo yo, hacía mucho tiempo. Creía en su trabajo, en lo que estaba haciendo, en sí mismo. Pero era como otros que se las apañan mal cuando las cosas no salen como ellos creen que deberían. Cuando pasaba eso, sentía que su mundo se desmadejaba, saltaban cabos sueltos en todas direcciones. Eso te machaca un año tras otro, ves lo peor de la gente un día sí y otro también, cambias. Y se le veía en los ojos, emanaba de su piel como esa bruma de alcohol de los bebedores. Hacía que te diera pena la desaparición del hombre que fue.

Y, cuando por fin te lo encuentras cara a cara, puede darte un susto de esos que nunca se pasan.

No le di mucha importancia a lo que me dijo B. H. de que Dan podía andar por la zona, pero una semana después de nuestra conversación sobre él, allí estaba Dan, con el culo plantado en el pasillo, recostado en la pared con las piernas rectas, cuando volví a casa un día después del trabajo. Llevaba el pelo casi al rape ahora, y una modesta barba con mechones grises.

—¿Qué tal Mobile?

—Hacía calor. Una humedad viscosa.

—¿Y Nueva Orleans?

—Lo mismo. ¿Has estado siguiéndome la pista?

—¿Qué quieres, Dan?

Susie entornó una ranura la puerta del apartamento para mirar, asintió al verme y la cerró.

—Solo saludarte, de momento. Ver qué tal estás.

—Cansada, así estoy. Y cabreada. Así que vete a tomar por culo.

Volvió un par de veces durante las semanas siguientes, una vez me esperaba en el mismo sitio del pasillo cuando volví del trabajo, luego a la salida del restaurante, en ambas ocasiones para dirigirme lo que podrían considerarse insinuaciones o, ya puestos, amenazas. Después se esfumó. Vaya sorpresa, ¿eh? Eso hacía. Venía y se iba. Yo nunca sabía qué tenía en mente.

Unas semanas después, le conté a B. H. lo de las visitas. Estábamos en la cocina preparando la cena, yo cortaba, troceaba y aliñaba la ensalada, él cocinaba comida criolla tal como le enseñó la mujer que lo crio después de la muerte de su madre, un guiso que de tan picante hubiera jurado que reluciría con las luces apagadas.

—No volvió después de eso.

Sin levantar la vista, dijo:

—No me lo contaste.

—Perdona. Debería habértelo dicho.

—No pasa nada, lo sabía. —Con un trapo a modo de manopla, dejó la cazuela en la rejilla para que se enfriara—. No volverá.

—¿Detenido o sencillamente ha vuelto a desaparecer?