Chapters (29)
—Nos llevamos la impresión de que teníais una relación cercana.
—Más bien práctica.
Una leve pausa, como un tropiezo al andar o un hipido.
—Ya veo.
—¿Haces las veces de guardián de la moral además de protector?
—No he tenido mucha suerte en ninguna de las dos cosas. Intento conocerte, nada más. Y hacerte una advertencia. Tenemos razones para creer que el hombre que conoces como Dan Eskew puede estar volviendo hacia aquí.
—No te preocupes. Ya no me resulta tan práctico, ¿verdad?
—Ándate con ojo. Y si intentara ponerse en contacto contigo...
—No lo hará.
—... llámanos.
—Y yo que pensaba que me cortejabas por mi ingenio vivo y mi cuerpo terso y sedoso.
—Te cortejaba.
—¿En plan amor cortés?
—De Gaston París, en torno a 1880.
—Para eso necesitas una mujer de ilustre cuna.
—Uno se las apaña con lo que tiene.
—O con lo que no... Vaya, supongo que los polis van a la universidad hoy en día.
—Hay a quien le gustan listos.
Fue a la barra a por un par de cervezas más y se demoró hablando con un hombre corpulento de mediana edad que estaba allí sentado. Gorra de tela flexible, cazadora azul oscuro, caquis, botas de trabajo. Tenía una cara de esas que parecen compactadas, como si algo hubiera ejercido presión desde arriba y ensanchado los laterales.
—Lo siento —dijo a su regreso—. Jimmy Gunter. Compró terrenos cerca del centro cuando estaban baratos, construyó una cadena de almacenes y trasteros y se jubiló a los cuarenta.
—¿Viejos amigos?
—Fue a clase con mi hermano. Pero se mueve, conoce a todo el mundo, a ambos lados de las rejas.
Permanecimos sentados en silencio, viendo pasar a la gente. El camarero detrás de la barra tenía el brazo izquierdo la mitad de largo que el derecho, y al parecer sin codo. No le hacía ir más lento en absoluto.
B. H. se había pasado por mi apartamento «para hacer el seguimiento» una semana o así después de que él y el sargento Barnes hubieran ido. Volvió a pasarse otra vez bajo ese pretexto antes de dejarlo correr. Una larga sucesión de días y semanas, luego. Toda una barahúnda de ellos. En el recuerdo, el tiempo se desmorona. El tiempo que fue y el tiempo que será se convierten sencillamente en «entonces». Los meses son una sola hora, los años un solo largo día.