Chapters (29)
—Cocinera. En el turno de noche, cuando los inadaptados campan a sus anchas por el restaurante y prácticamente todo el resto de la ciudad. Una vida sin complicaciones.
Barnes volvió a hacer lo del suelo.
—A eso aspiramos todos.
—Y muy pocos tenemos el buen juicio y la buena suerte de encontrar.
—Si lo que busca es una vida sin complicaciones —terció su compañero—, más vale que se replantee lo de tener tratos con gente como Dan Skew.
—Tener tratos, ¿eh?
—O Dom Larson, que es otro de sus nombres.
—¿Hay alguna posibilidad de que pueda volver a la piltra mientras me lo replanteo?
—Desde luego —dijo el sargento Barnes—. Gracias por atendernos.
Levanté el vaso de Starbucks.
—Gracias por el café.
—No hay de qué. He visto que lo necesitaba.
—¿La policía son tus amigos?
—Pueden serlo.
—A veces —dijo el sargento Barnes.
Nunca sabes lo que se te viene encima río abajo cuando avanzas corriente arriba.
—Ese había estado en Mobile, como dijiste; historia antigua. Tiempo después volvimos a localizar su pista en Nueva Orleans. En Metairie, en realidad. Al otro lado del río. Pero para entonces se había convertido de nuevo en un fantasma.
Compartíamos unas alitas de pollo en SleazEazy’s, un bar cercano que le gustaba a B. H. La última vez que lo vi, me había dado su café. Ahora me invitaba a comer. Era el barrio de otra gente, ni el suyo ni el mío. Lo había descubierto mientras trabajaba en un caso, buscando «a una piltrafa a punto de acabar de la peor manera posible», y el establecimiento le encantó, así que llevaba yendo por rutina desde entonces. Con los 30º que hacía se había quitado la americana, la funda y la pistola en marcado contraste con la camisa de botones de color blanco apagado bien planchada. Sobre nuestras cabezas, un ventilador de aspas desiguales giraba, descendía y volvía a alzarse con un bamboleo.
—Sabes que no me importa un carajo, ¿verdad? —dije, a la vez que me chupaba los dedos. Por mis cutículas de color naranja intenso me conoceréis.
Da miedo lo selectivos que llegan a ser los recuerdos. ¿Me había limitado a racionalizar lo ocurrido en su visita con su compañero, a archivarlo en algún rincón de la memoria? ¿Decidí que lo que había oído en el piso de al lado, la única oración declarativa seguida por una colisión que hizo temblar las paredes de mi apartamento, tenía que ser otra cosa distinta a lo que fue? De algún modo había logrado recordarlo de otra manera, relegarlo al olvido, ignorarlo. En los meses siguientes, afilaría esa aptitud hasta conseguir una hoja finísima, penetrante. Yo, tan confiada en mi capacidad para desentrañar las apariencias y captar las verdades que ocultaba la gente.