Back Sarah Jane
Chapters (29)
  1. Cover Page
  2. Portada
  3. Portadilla
  4. Créditos
  5. Dedicatoria
  6. Citas
  7. 1
  8. 2
  9. 3
  10. 4
  11. 5
  12. 6
  13. 7
  14. 8
  15. 9
  16. 10
  17. 11
  18. 12
  19. 13
  20. 14
  21. 15
  22. 16
  23. 17
  24. 18
  25. 19
  26. 20
  27. 21
  28. 22
  29. Nota

Los días van pasando y ocurren cosas extraordinarias a nuestro alrededor. Pequeños milagros, sucesos fortuitos, estallidos de alegría, revelaciones. Un anciano se arrodilla con gesto de dolor para acariciar el gato moribundo que encontró en el patio. Una niña tímida oye música en directo por primera vez y baila. Miles de luciérnagas en las Grandes Montañas Humeantes hacen parpadear la lucecita de la cola todas y cada una al mismo tiempo. Nos atrincheramos en nuestras vidas diarias, en el refugio de rutinas y supuestos. Cuánto nos perdemos.

—Llevo mi país dentro de mí, yo soy mi país. Como dice la canción: «Este mundo nunca ha sido mi hogar».

Estaba preparando una cena a unos ochocientos kilómetros, tres meses y siete cambios de planes del refugio turístico, Eric el Rojo y las ardillas. Entró una noche de la nada con su séquito, claque, colegas, troncos, secuaces, elige tú mismo, elección que dependerá de dónde naciste, dónde creciste, tus convicciones políticas, tu disposición, un conjunto o batiburrillo de otras cosas. A decir verdad, nadie de la tropa formada a su alrededor tenía pinta de encajar ni de coña en ninguna parte.

Pero ahí estaban, en la puerta, iluminados desde atrás por las luces de la calle, posando un momento (o eso parecía) antes de entrar.

Un actor de alguna clase, eso lo deduje del parloteo general. Resultó que era un pintor convertido en artista de performance. Y esa noche, según me dijo uno de sus adeptos, montaba el caballo del silencio, comunicándose por medio de un lenguaje de signos que de algún modo resultaba tan hermoso como abobado.

—Un caballo, ¿eh? —dije—. Entonces, más vale que me fije dónde piso.

—Venga, al carajo con el silencio —saltó el jinete del caballo.

Fue una semana o así después cuando dijo eso de que llevaba su país consigo. Estábamos en la jaula cutre que tenía yo por apartamento preparándonos para salir y dejar que las cucarachas, los ratones y los mosquitos se ocuparan de sus respectivos asuntos, y habíamos estado hablando, sin la menor idea de cómo había surgido entre nosotros semejante tema de conversación, la política. Dijo que no tenía ninguna convicción política.

—Eso es imposible —repuse.

Sabía tan poco de mi pasado como yo del suyo. Nada en absoluto acerca del supuesto servicio prestado a mi país por el que siempre estaban dando las gracias a los soldados en las series de televisión y en las películas.

—Tienes que tener alguna noción de lo que está bien —continué—, de por qué hay que esforzarse, por qué hay que luchar.