Chapters (29)
Con los ojos muy entornados, puedes imaginarte que estás en los bazares que había por todas partes allá, en el país de arena. Idiomas distintos y aromas distintos, pero el mismo ajetreo, los mismos embotellamientos de gente, el mismo exceso de todo.
Siempre me llevo algo a casa. Una jabonera en forma de garra de oso, colgadores de pared forjados como dedos que llamaran por señas, un diminuto uombat de cerámica. De vez en cuando, le encuentro utilidad a un objeto de inmediato. La mayoría se queda allí donde va a caer, en mesas, estantes y superficies al azar. Unos pocos llevan vidas itinerantes, migrando de un sitio a otro hasta que al final se confunden con la población en general.
Hablando de población, hoy el festival consiste en mujeres jóvenes a punto de caerse de los zapatos de suela gruesa; tipos acicalados con bermudas a cuadros y mocasines caros sin calcetines; manadas de cincuentonas con blusas floreadas y peinados perfectos con un millón de cosas urgentes que contarse; parejas paseando perros trofeo, niños de todas las edades arremolinándose como si hacer amigos fuera contagioso.
Las chanclas palmotean ritmos, las voces suben y bajan, huele a perfumes y colonias, a carne asada, a azúcar quemado, a asfalto caliente y sudor, mientras se van depositando instantes en las criptas de recuerdos de mentes y cámaras.
Luego me detengo en uno de los muchos establecimientos de moda de café carísimo, por lo que llego tarde a mi casa, que ahora es un apartamento de una habitación elevado a algo de más categoría —en el anuncio, que no en la práctica— gracias a que es un edificio independiente. La casa que una vez estuvo detrás para hacer las veces de trastero, taller o residencia de invitados ha desaparecido. Una extensión de césped y malas hierbas agostadas hasta quedar crujientes se prolonga lánguidamente hacia la calle.
Sin hambre después de diez horas de oler comida y respirar fuego, dejo la cuchara nueva en el fregadero donde algún día la alcanzarán el agua y el jabón, cojo del frutero la manzana que menos manchas pardas tiene y me dirijo al aire libre, hacia mi momento preferido de la jornada, con la penumbra cerrándose como una concha desde arriba y desde abajo.
A menudo, cuando salgo a pasear al anochecer, miro las ventanas al pasar y atisbo retazos de programas de televisión en el interior. Lo que veo es disparatadamente inconexo, fragmentos de películas, de comedias de situación y series de investigadores, de reposiciones de Superagente 86, de documentales de naturaleza e historia, que, no obstante, se encadenan en mi mente al desplazarme de ventana en ventana, una amalgama siempre mucho más interesante que lo que en realidad acaece en esas televisiones y salas de estar.