Back Sarah Jane
Chapters (29)
  1. Cover Page
  2. Portada
  3. Portadilla
  4. Créditos
  5. Dedicatoria
  6. Citas
  7. 1
  8. 2
  9. 3
  10. 4
  11. 5
  12. 6
  13. 7
  14. 8
  15. 9
  16. 10
  17. 11
  18. 12
  19. 13
  20. 14
  21. 15
  22. 16
  23. 17
  24. 18
  25. 19
  26. 20
  27. 21
  28. 22
  29. Nota

Cerca de un año después, no mucho antes de conocer a Bullhead, estoy de cocinera en un establecimiento turístico decorado como un refugio de caza, con vigas oscuras donde antes no las había y paredes de madera sin desbastar que hacen que parezca que hay astillas colgando pero incluso las astillas están recubiertas de barniz transparente. Estamos a mediados de julio y hace tanto calor que el sudor se evapora antes de que te des cuenta de que lo tienes. Un universitario a lo Eric el Rojo ha pedido un desayuno tan enorme que tengo que asomar la cabeza para ver si de verdad puede ser para una sola persona. El tipo sentado en la mesa del rincón en el sitio de Erik en efecto está solo, dándole capirotazos al cristal para captar la atención de una ardilla, fuera entre los arbustos, sobre todo salvia y romero. La chaqueta del traje le queda muy grande, camisa blanca reglamentaria, corbata de un azul ambiguo con algún dibujo que no atino a distinguir desde aquí. La última vez que fue al peluquero aún hacía frío. Algo que parece el hijo ilegítimo de una fiambrera del almuerzo y un maletín de plástico en el asiento a su lado. El tío debe pesar cincuenta kilos empapado de la cabeza a los pies y ha pedido comida suficiente para tres.

Vuelvo a entrar por las puertas de la cocina, echo huevos a la licuadora para la tortilla, cojo masa de tortitas de la nevera, le echo un vistazo al recipiente del beicon para asegurarme de que haya de sobra. ’Ski me mira para decirme que hoy tiene que salir temprano para una cita con el servicio de inmigración. ’Ski es ruso, vino como estudiante, ahora ha expirado su visado y anda buscando quedarse. «¿Por qué me lo dices a mí? —pregunto—. Díselo al Lagarto». El mánager del turno de día, Tony Lasardo. «Te lo digo a ti porque eres la única a la que le importa una mierda», responde ’Ski. Deberían darle puntos de cara a la inmigración por clavar el argot norteamericano.

A las dos de la tarde, después del ajetreo de la comida, acaba mi turno y decido pasarme por el mercadillo de artesanía en el centro, cerca de la universidad. Cierran las calles y les dejan llenarlas de puestos de joyas, pinturas, ropa teñida con nudos, esculturas de jardín, vidrio soplado y cerámica, jabón artesano y sopa deshidratada, plátanos helados bañados en chocolate, toda suerte de artículos kitsch y chucherías diversas. Las calles también se llenan de gente; aunque, con el calor que hace, junto a los baños portátiles debería haber puestos donde te rociaran con una manguera.