Chapters (29)
Pero este pájaro carpintero no cejaba. Así que me puse la suficiente ropa de la víspera para apañármelas, abrí la puerta y me quedé ahí dejando que mi expresión de desagrado sirviera de saludo.
Un joven con traje cutre. Seguramente no tan joven, pero todo el mundo empezaba a parecérmelo. Tampoco desentonaba tanto el traje con lo que llevaba la gente por aquí los domingos. A la intensa luz del sol era o bien azul oscuro o bien gris. Intentaba dilucidar cuál de los dos sería mientras, ajeno a mi disgusto, él seguía hablando, pues había empezado, juraría yo, antes de que abriera la puerta del todo.
Frase tras frase, empecé a darme cuenta de que no solo alguien había venido a mi puerta a las ocho de la mañana, y no solo había cometido yo la tontería de ir a ver quién era, sino que le había abierto la puerta, precisamente, a un abogado. Uno que quería representarme en un pleito contra el pueblo, según afirmaban con expresiones tan refinadas como «despido improcedente» y «falta de garantías procesales» que tropezaban unas con otras en su apresuramiento por salir de entre sus labios. Uno que no se avenía a cambiar de táctica, ni a aminorar el ritmo siquiera, pese a mi declaración de que no tenía ninguna queja contra el pueblo ni, que yo supiera, el pueblo contra mí.
¿De verdad dijo eso de «el poder nunca se cede, siempre se arrebata», o estoy adaptándolo a medida? A la memoria le encantan las buenas historias.
De lo que sí estoy segura es de que fue entonces cuando me eché a reír. El poder en este contexto era risible, O peor aún. Digno de lástima.
—Ah, bueno, en ese caso... —Entonces dejó de hablar y miró alrededor, como preguntándose dónde podía estar y cómo es que estaba allí. Un hombre que, si se había embarcado en una misión tan inútil poco después de rayar el alba, debía de tener tan poquísimo que hacer como yo.
Sugerí que un café nos vendría de perlas a los dos.
—Sí, claro...
Y fue igual de decisivo.
Se quedó ahí mirando los estantes, sin duda preguntándose por qué iba a tener alguien seis cafeteras distintas, mientras yo, ocupada con los granos y el molinillo, contemplaba su reflejo en la ventana sobre el fregadero preguntándome una vez más cómo los hombres pueden mirarse al espejo día tras día sin darse nunca cuenta de que sus cejas empiezan a parecer maleza de la jungla y les brotan pelos de los oídos.
—Bueno, ¿qué? ¿El negocio de velar por que el mundo siga siendo un lugar justo y honrado va lento ahora mismo?