Back Sarah Jane
Chapters (29)
  1. Cover Page
  2. Portada
  3. Portadilla
  4. Créditos
  5. Dedicatoria
  6. Citas
  7. 1
  8. 2
  9. 3
  10. 4
  11. 5
  12. 6
  13. 7
  14. 8
  15. 9
  16. 10
  17. 11
  18. 12
  19. 13
  20. 14
  21. 15
  22. 16
  23. 17
  24. 18
  25. 19
  26. 20
  27. 21
  28. 22
  29. Nota

Rio. No fue una risa muy entregada, pero logró abrirse camino. Bien. Me tenía preocupada.

Volvió a mirar los estantes. Escurridores de todo tipo, una mandolina, una máquina de hacer pasta, una picadora, una pila de manteles individuales de silicona enrollados.

—No sé qué es la mitad de las cosas que hay ahí arriba. Pero es usted ordenada de narices.

—Herramientas; antes era cocinera. Mi padre era de esos capaces de construir una casa, hacer la instalación eléctrica, la fontanería, enladrillar una acera o un sendero de acceso e instalar puertas y ventanas. Tenía todas y cada una de las herramientas necesarias, cada una de ellas en su lugar. «La llave tubular vive aquí, me decía cuando yo no era mucho más alta que sus serruchos. Y la llave inglesa tendría que estar al lado, pero se escurrió y se alojó ahí abajo un día que yo no estaba atento».

—Entonces, ¿lo heredó de él?

—Como muchas otras cosas. ¿Qué hay de su familia?

El café estaba listo. Le puse delante una taza, que probó antes de contestar. Asintió en señal de aprecio.

—Lo típico en un pueblo. Novios del instituto, casados después de la graduación, se compraron una casa a poco más de medio kilómetro de donde nacieron. Entraron a trabajar y se quedaron en el mismo lugar también. No hay muchos indicios que se plantearan nunca otra cosa.

—Pero a usted lo enviaron a la universidad. A la facultad de Derecho.

—Algo me empujó. La inquietud, quizá.

—Aun así, regresó.

—Regresé. El porqué es una gran pregunta.

—Eso siempre.

Pasó el dedo por el borde de la mesa.

—No sé cuándo fue la última vez que vi una de estas.

—Teníamos una igual cuando era pequeño. —De forma ovalada, el tablero de formica verde musgo, un refuerzo de aluminio ondulado por todo el canto, las patas de cromo—. Era de segunda o tercera mano ya entonces. No sabía si el tablero estaba manchado de tanto usarlo o si se suponía que tenía que ser así. Me quedé con esta casa en cuanto vi la mesa.

—Está un poco desmejorada.

—Pero todavía vale lo que cuesta.

—Ya. ¿Puedo? —Al tiempo que tendía la taza.

Cogí la cafetera y nos serví a los dos. Permanecimos en silencio, uno de esos vacilantes momentos de paz cerniéndose en torno.

—Mi novia y yo, Nanor, llevamos juntos nueve años. Trabaja en el periódico, escribe sobre lo que haga falta. La mayor parte la hace de manera anónima. Almuerzos del club, competiciones deportivas, reuniones del concejo municipal, noticias de tribunales. Dice que ha hecho usted mucho por el pueblo...

—La verdad es que no.

—... y por las mujeres.

—Menos aún.

—Ella no estaría de acuerdo.

—No sabe gran cosa sobre mí.

—Solo lo que ve en el día a día.