Chapters (29)
Un humidificador en un rincón bombeaba con tanto brío que se notaba la humedad nada más entrar, como si te internaras en una fría selva tropical, y te cortaba la respiración. Impregnaba la habitación un olor amargo, acre, quizá del aparato, quizá de la propia Rebecca. La orina en la bolsa junto a la cama era de un color pardo amarillento oscuro, conque el olor también podía ser de las medicinas. Desgastado o desajustado, el ventilador del humidificador chasqueaba a cada vuelta.
Se conocieron en la biblioteca, me contó, mientras ella leía todo lo que podía sobre el cáncer y él buscaba información sobre yurtas porque le intrigaba qué se entendía por hogar en diferentes culturas. Tenía una curiosidad a la altura de su cabezonería.
Le expliqué que era en la biblioteca también donde Daniel había conocido a Malcolm, el joven que me había orientado hasta ella, y que Daniel por entonces estaba documentándose sobre los hongos.
Me preguntó si había visto la película Harold y Maude y, cuando le contesté que no, me explicó que era un poco así, la amistad más inverosímil entre una mujer mayor y un chico joven, distanciados tanto por su carácter como por su edad. Empezó a venir casi todos los días después de clase cuando volvía a casa, a veces pasaba también por la mañana solo para cerciorarse de que ella estaba bien.
Para entonces ya estaba allí KC, dándome las gracias con un exceso de efusividad y diciéndole a Daniel lo preocupada que estaba su madre.
Después de que KC y Daniel se marcharan a su casa y le hubiera dicho a Rebecca que llamara si necesitaba cualquier cosa, me monté en la destartalada camioneta Chevy que había comprado cuando el coche me dejó en la estacada y ya estaba a medio camino de la comisaría antes de darme cuenta. Una de esas cosas de forma y contenido. Haces el trabajo, cumples con los trámites y los engranajes se ponen en marcha. Si haces de sheriff, empiezas a creer que lo eres.
Meneé la cabeza pensando en las viejas costumbres, di media vuelta y regresé a casa. De vuelta a la yurta.
A las ocho de la mañana, nadie debería estar llamando a la puerta. Naturalmente, en lo que a mí se refería, ninguna hora era buena para que llamaran a mi puerta. Había desconectado el timbre hacía semanas y decidido que golpes así eran cosa de algún pájaro carpintero ocupándose de sus asuntos en alguna parte. No eran cosa mía.