Chapters (29)
Me siguió adentro, hablando mientras tanto, aunque buena parte de lo que decía no acababa de traspasar la niebla de mi falta de sueño y mis pensamientos sombríos.
Daniel Hopf, de catorce años, llevaba desaparecido veinte horas y el tiempo seguía pasando. Había ido a unas actividades de la iglesia —¿en la explanada junto a la Iglesia Luterana? Los sábados celebran partidos de baloncesto y cosas así— y, como siempre, iba a volver a casa andando, pero no apareció. La madre, divorciada —el padre vive en Austin, Texas—, había llamado a la iglesia, hablado con los padres de los amigos del chico, y luego había pasado por el campo y por el viejo kiosco de prensa donde a veces se paraba el chico a echar un vistazo a las revistas. Después nos llamó.
Dejé pasar ese «nos» sin hacer ningún comentario.
De momento, dijo KC, él había seguido los pasos de la madre. La iglesia, los amigos, el itinerario habitual. Luego, el hospital. Registró a los delincuentes. No llegó a ninguna parte.
Cambiando de parecer, KC se sirvió un café. Ladeó la cabeza hacia la pared junto al fregadero.
—Tienes ratones.
Escarbaban. Me había acostumbrado hasta tal punto al ruidito que ya no lo oía.
—Nunca estoy sola —comenté—. Nunca me faltan amigos.
—Eso es verdad, aunque no lo creas. Qué café tan bueno.
—¿Qué quieres que te diga? Soy cocinera. Sabemos cosas. Secretos. Le ponemos salsa a la carne de cerdo en conserva, la amasamos y lo llamamos paté.
KC parecía cansado. O quizá quien estaba cansada era yo y lo veía reflejado en él.
—¿Alguna vez tienes la sensación de que todo está roto, Sarah?
—Sí, claro.
KC le pasó un agua a la taza y la dejó en el escurridor junto al fregadero.
—Bueno, ¿qué más podemos hacer?
Antes «nos», ahora «podemos». Me habían reclutado. Y, a decir verdad, estaba harta de segundas cafeteras, terceros intentos de leer novelas de Jane Austen o Brönte y cuencos de guiso que habrían alimentado a una familia de cuatro.