Back Sarah Jane
Chapters (29)
  1. Cover Page
  2. Portada
  3. Portadilla
  4. Créditos
  5. Dedicatoria
  6. Citas
  7. 1
  8. 2
  9. 3
  10. 4
  11. 5
  12. 6
  13. 7
  14. 8
  15. 9
  16. 10
  17. 11
  18. 12
  19. 13
  20. 14
  21. 15
  22. 16
  23. 17
  24. 18
  25. 19
  26. 20
  27. 21
  28. 22
  29. Nota

Pasó el tiempo, que suele ser lo único que se puede dar por seguro. Me las ingenié para ocupar los días, por holgadamente que fuera: libros, largos paseos, cocinar, ingerir café de primerísimo nivel, manzanas, una copa de vino, cocinar más. Pasó una semana antes de que dejara de contestar al teléfono o el timbre. La gente se quedaba ahí plantada, o sentada, pronunciando mudamente las mismas palabras. En un impulso, un viernes eché unas cuantas cosas al asiento de atrás y conduje unos cien kilómetros hasta Dunlap para pasar un fin de semana con Sid. Hasta la carretera, que tantas veces había recorrido, parecía diferente. Todo había cambiado.

Incluidos, según resultó, los fluidos límites entre Sid y yo. Esa noche fuimos a su bar preferido a tomar una copa, cenamos cerca del capitolio en un restaurante cuyo menú parecía una novela de Dickens y luego fuimos a una cafetería en lo que hasta hacía poco había sido un barrio coreano y se estaba convirtiendo rápidamente en un centro de galerías, estudios de artistas, música en directo y teatro. Para el sábado a mediodía, ambos notamos que se formaban espacios de silencio entre nosotros. Ninguno de los dos los mencionamos; hacerlo habría sido conferir entidad a esos espacios, darles sustancia.

—No tienes por qué estar aquí —dijo Sid, entrada ya la noche. Se celebraba una fiesta a tres casas de allí. Los bajos de la música palpitaban como nuestros propios corazones. Veíamos las ráfagas de los faros al ir y venir los coches.

Sid se levantó y se volvió hacia mí, la mano levantada, el dedo señalando hacia el cielo y, por ese momento, mientras los haces de los faros le pasaban por encima, por ese único momento pasajero, fue hermoso, aislado, parte de otro mundo mejor.

A cuarenta minutos de Farr, mis faros iluminaron lo que me pareció que era una persona caminando por el arcén pero, cuando me hice a un lado, en los metros recorridos antes de que pudiera aminorar y detenerme, ya no había nadie. Nada. Apagué el motor y me apeé. Apenas un leve aliento de aire en los árboles y, bajas contra el horizonte, las primeras luces, o una promesa de las mismas. Un amanecer de esos en los que papá y yo podríamos habernos internado en el bosque a cazar, con las escopetas abiertas y colgadas a la altura del codo del brazo doblado.

KC salía marcha atrás de mi sendero de acceso cuando giré por Sycamore. Detuvo la camioneta, se bajó y vino hacia mí. No me dio tiempo a que abriera la portezuela. Bajé la ventanilla.

—Te he estado buscando por todas partes. —Nada de sonrisas ni saludos. Pasaban unos minutos de las seis de la mañana—. Necesito tu ayuda.

—Y yo necesito café.