Back Roseanna
Chapters (33)
  1. Sjowall amp; Wahlöö - Roseanna
  2. INTRODUCCIÓN
  3. Capítulo 1
  4. Capítulo 2
  5. Capítulo 3
  6. Capítulo 4
  7. Capítulo 5
  8. Capítulo 6
  9. Capítulo 7
  10. Capítulo 8
  11. Capítulo 9
  12. Capítulo 10
  13. Capítulo 11
  14. Capítulo 12
  15. Capítulo 13
  16. Capítulo 14
  17. Capítulo 15
  18. Capítulo 16
  19. Capítulo 17
  20. Capítulo 18
  21. Capítulo 19
  22. Capítulo 20
  23. Capítulo 21
  24. Capítulo 22
  25. Capítulo 23
  26. Capítulo 24
  27. Capítulo 25
  28. Capítulo 26
  29. Capítulo 27
  30. Capítulo 28
  31. Capítulo 29
  32. Capítulo 30
  33. RESEÑA BIBLIOGRÁFICA

—Me encantan los daneses. No han visto, ni oído, ni reparado en nada fuera de lo normal y finalmente escribe el agente Toft, de Vejle —que les ha tomado declaración—, que «difícilmente se pueda encontrar algo en el testimonio de esta simpática pareja que arroje luz sobre el caso». Su arte de deducción resulta realmente devastador.

—A ver, a ver —masculló Melander para sí mismo.

—Por el bien de los pueblos hermanos 3 —concluyo Kollberg y se estiró para coger la perforadora.

Martin Beck, con los hombros torcidos, estaba de pie delante de la mesa rebuscando entre los papeles. Murmuraba algo inaudible. Después de diez días de trabajo habían conseguido localizar dos tercios de los pasajeros del Diana.De una manera u otra, se habían puesto ya en contacto con cuarenta y en veintitrés casos tenían en su poder actas de declaración en toda regla. En conjunto, un resultado más bien escaso. Lo único que recordaban de Roseanna McGraw todos los que habían sido interrogados hasta el momento era que creían haberla visto a bordo en alguna ocasión durante el viaje.

Melander se sacó la pipa y preguntó:

—Karl Åke Eriksson, tripulante. ¿Lo hemos encontrado?

Kollberg comprobó una de sus listas.

—El fogonero. No, pero algo sabemos. Se enroló en la Casa del Marinero de Gotemburgo hace tres semanas. En un barco de carga finlandés.

—Atención a la elección del verbo enrolarse —puntualizó mirando con orgullo a Martin Beck.

—Hummm —musitó Melander—, ¿y tiene veintidós años?

—Sí, ¿qué quieres decir con ese hummm?

—Su nombre me suena de algo. Tú también deberías acordarte. Pero no se llamaba así entonces.

—Sea lo que sea lo que recuerdes, seguro que llevas razón —reconoció Kollberg con resignación.

—El cabrón tiene memoria de elefante de circo —aclaró a Martin Beck—. Es como compartir despacho con una máquina de tarjetas perforadas.

—Ya lo sé.

—Además fuma la peor picadura del mundo —añadió Kollberg.

—Pronto me acordaré —aseguró Melander.

—No me cabe duda —dijo Kollberg y siguió—, joder, estoy hecho polvo.

—Duermes poco —observó Melander.

—Sí.

—Deberías asegurarte de que descansas bien. Yo duermo ocho horas. Caigo dormido en el momento en que poso la cabeza en la almohada.

—¿Y tu mujer qué dice?

—Nada. Ella se duerme antes que yo, a veces ni siquiera nos da tiempo a apagar la luz.

—Qué divertido. Bueno, yo no soy así.

—¿Y eso?

—Yo qué sé… Simplemente no duermo.

—¿Y qué haces?

—Me quedo pensando en lo cabrón que eres.

Kollberg se puso con el correo de la mañana. Melander vació su pipa mientras miraba fijamente al techo. Martin Beck, que lo conocía bien, sabía que estaba alimentando con nuevos datos el valiosísimo fichero de su memoria, donde almacenaba todo lo que había visto, leído u oído.