Chapters (33)
- Sjowall amp; Wahlöö - Roseanna
- INTRODUCCIÓN
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- RESEÑA BIBLIOGRÁFICA
La fotografía parecía haber sido tomada poco antes de zarpar, ya que había mucha gente a bordo. A popa del bote salvavidas de estribor, en la cubierta shelter,se veía a la señora Jentsch de Osnabrück y, justo debajo de ella, a Roseanna McGraw. Inclinada hacia delante, con los antebrazos descansando en la barandilla y los pies muy separados. Llevaba sandalias, gafas de sol y un vestido amarillo ancho de tirantes. Martin Beck se acercó todo lo que pudo para intentar distinguir a los que se encontraban cerca de ella. Al mismo tiempo escuchó silbar entre dientes a Kollberg.
—Sí, sí, bueno —dijo el coronel impasible—, éste es el barco en Riddarholmen, y aquí tenemos la torre del Ayuntamiento. Y ahí arriba se puede ver Hildegard Jentsch. Eso fue antes de conocernos. Y, sí, es curioso, esta niña también se sentaba en nuestra mesa algunas veces. Holandesa o inglesa, creo. Tengo entendido que luego la cambiaron a otra mesa para que nosotros, los oldboys,tuviéramos más sitio para apoyar los brazos.
Un dedo índice grueso y canoso, aún más grande a través de la lupa, descansaba sobre la mujer de las sandalias y el vestido amarillo amplio.
Martin Beck inspiró antes decir algo, pero Kollberg se adelantó.
—¿Qué? —dijo el coronel—, ¿seguro? Claro que estoy seguro, maldita sea. Se sentó por lo menos cuatro o cinco veces a nuestra mesa. No dijo nunca nada, que yo recuerde.
—Pero…
—Claro que su colega me enseñó unos retratos, pero sabe…, no me acuerdo de su cara, sino del vestido. O, mejor dicho, tampoco es que fuera precisamente por el vestido…
Se giró a la izquierda y clavó su enorme dedo índice en el pecho de Martin Beck. El dolor le resultó insoportable.
—El escote —dijo en un susurro como el estampido de un trueno.
Capítulo 18
Eran las once y cuarto cuando regresaron al despacho de Kristineberg. Un fuerte viento arrojaba ruidosos goterones de lluvia que repiqueteaban sobre los cristales de las ventanas.
Martin Beck había extendido frente a él las veinte fotografías. Dejó a un lado diecinueve y escudriñó, quizá por quincuagésima vez, a Roseanna McGraw dentro del círculo de luz de la lupa.
Tenía el aspecto que siempre había imaginado. Parecía dirigir su mirada hacia arriba, probablemente hacia el reloj de la torre de la iglesia de Riddarholmen, y parecía saludable, relajada e inconsciente, aunque le quedaban exactamente treinta y seis horas de vida. A su izquierda se veía el camarote A7. La puerta estaba abierta, pero en la foto no se veía el interior.
—¿Te has dado cuenta de que hoy hemos sido afortunados? —dijo Kollberg—. Por primera vez durante toda esta puñetera investigación. La suerte llega siempre, tarde o temprano. Esta vez ha tardado demasiado.
—Y algo de mala suerte también.