Back Roseanna
Chapters (33)
  1. Sjowall amp; Wahlöö - Roseanna
  2. INTRODUCCIÓN
  3. Capítulo 1
  4. Capítulo 2
  5. Capítulo 3
  6. Capítulo 4
  7. Capítulo 5
  8. Capítulo 6
  9. Capítulo 7
  10. Capítulo 8
  11. Capítulo 9
  12. Capítulo 10
  13. Capítulo 11
  14. Capítulo 12
  15. Capítulo 13
  16. Capítulo 14
  17. Capítulo 15
  18. Capítulo 16
  19. Capítulo 17
  20. Capítulo 18
  21. Capítulo 19
  22. Capítulo 20
  23. Capítulo 21
  24. Capítulo 22
  25. Capítulo 23
  26. Capítulo 24
  27. Capítulo 25
  28. Capítulo 26
  29. Capítulo 27
  30. Capítulo 28
  31. Capítulo 29
  32. Capítulo 30
  33. RESEÑA BIBLIOGRÁFICA

Martin Beck asintió con la cabeza. Salió del despacho, subió la escalera y volvió a sentir el mismo estremecimiento en la parte izquierda del pecho.

Melander y el hombre que se llamaba Folke Bengtsson no parecían haberse movido desde que los dejó y nada indicaba que hubieran hablado.

—Siento haberle molestado. ¿Le puedo ofrecer un coche para volver a casa?

—Cogeré el metro, gracias.

—Tal vez sea lo más rápido.

—Sí, seguramente.

Martin Beck lo acompañó a la planta baja, pura rutina.

—Bueno, adiós.

—Adiós.

Un apretón de manos rutinario.

Kollberg y Ahlberg seguían sentados con la mirada clavada en la grabadora.

—¿Mantenemos la vigilancia? —preguntó Kollberg.

—No.

—¿Crees que es él? —preguntó Ahlberg.

Martin Beck estaba en medio del despacho mirándose la mano derecha.

—Sí —sentenció—. Claro que es él.

Capítulo 24

El edificio de apartamentos, en lo fundamental, le recordaba al suyo en Bagarmossen. Una escalera sin decoración alguna, el nombre en placas estándar en las puertas y las trampillas entre plantas para tirar la b asura. Se encontraba en Bodalsvägen, en la isla de Lidingö, había llegado en el tren de cercanías.

Eligió el momento con mucho cuidado. A la una y cuarto los funcionarios suecos están en la oficina y los niños pequeños duermen la siesta. Las amas de casa tienen la radio puesta y escuchan música mientras toman café con sacarina.

La mujer que le abrió era de baja estatura, rubia y con ojos azules. De unos treinta años y bastante guapa. Se agarró nerviosa a la manija de la puerta, como preparándose para cerrarla cuanto antes.

—¿La policía? ¿Ha ocurrido algo? Mi marido…

Tenía cara de asustada, de desconcierto; y muy bonita, pensó Martin Beck. Le enseñó la placa, lo cual pareció calmarla.

—No entiendo cómo le puedo servir de ayuda, pero entre, por favor…

El mobiliario resultaba impersonal, aburrido y pulcro, pero la vista del archipiélago era fantástica. Se veía la bahía de Lilla Värtan y dos barcos remolque que se disponían a tirar de un buque de carga hacia el muelle. Martin Beck hubiera dado lo que fuera por cambiar su casa por ésta.

—¿Tiene hijos? —preguntó para desviar la atención.

—Sí, una niña de diez meses. Acabo de acostarla.

Sacó las fotografías.

—¿Conoce a este hombre?

Se sonrojó enseguida y se quedó con la mirada perdida, asintió vacilante.

—Sí, lo conocí. Pero hace varios años. ¿Qué ha hecho?

Martin Beck no contestó al momento.

—Sabe, esto me resulta muy desagradable. Mi marido…

Le costaba encontrar las palabras adecuadas.

—¿Nos sentamos? —preguntó Martin Beck—. Perdone por proponérselo.

—Sí. Claro.

Ella se acomodó en el borde del sofá, tensa y rígida.