Chapters (33)
- Sjowall amp; Wahlöö - Roseanna
- INTRODUCCIÓN
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- RESEÑA BIBLIOGRÁFICA
Duró una décima de segundo, luego se lanzó hacia delante emitiendo un sollozo sofocado en el fondo de la garganta, en ese momento Martin Beck le golpeó en la clavícula con la mano derecha rígida y Ahlberg se arrojó encima de él desde atrás intentando agarrarle los brazos.
Ahlberg se vio impedido por su propia pistola y Martin Beck pareció sobrecogerse ante la virulencia del ataque, en parte porque lo único que fue capaz de pensar era en la mujer que yacía sobre la cama, que debería moverse y no quedarse ahí flácida y tumbada con la boca abierta y los ojos medio cerrados.
El hombre le golpeó con la cabeza en el diafragma con una fuerza tan descomunal que le despidió hacia atrás, contra la pared, al mismo tiempo aquel demente lograba zafarse de Ahlberg y salía raudo hacia la puerta, aun agachado y con una velocidad en sus zancadas tan inverosímil como todo en este absurdo escenario.
Durante todo este tiempo no paró de sonar un timbre de teléfono.
Lo más cerca que estuvo Martin Beck de él fue medio tramo de escaleras y la distancia iba en aumento.
Podía oír al fugitivo por delante, pero no lo vio hasta llegar a la planta baja. Entonces, el hombre y a había atravesado la puerta acristalada y se hallaba muy cerca de la relativa libertad de la calle.
Kollberg había soltado el botón del portero automático y dio dos pasos para separarse de la pared. El hombre del abrigo se disponía a asestarle un fuerte golpe en la cara.
En ese preciso momento, Martin Beck supo que el fin estaba cerca y, como cabía esperar, un segundo después oyó un grito de dolor seco y salvaje cuando Kollberg le cogió el brazo y le rompió la articulación del hombro con una rápida e implacable llave. El hombre del abrigo yacía indefenso sobre el suelo de mármol.
Martin Beck se apoyó en la pared mientras escuchaba el sonido de las sirenas, que parecía provenir de varios lugares al mismo tiempo. La furgoneta de la policía ya había llegado y en la acera, delante del edificio, unos agentes de uniforme alejaban a empujones a un grupo de curiosos que se iba disolviendo de mala gana.
Observó al hombre que se llamaba Folke Bengtsson, seguía medio tumbado en el suelo, en el mismo lugar donde había caído, con la mejilla apoyada en la pared y las lágrimas resbalándole por las mejillas.
—Está aquí la ambulancia —avisó Stenström.
Martin Beck subió en el ascensor. Ella estaba sentada en un sillón vestida con unos pantalones de pana y un jersey de lana. La observó angustiado.
—Está aquí la ambulancia. Enseguida suben.
—Puedo bajar yo misma —musitó sin fuerzas.
En el ascensor, dijo:
—No pongas esa cara. No fue culpa tuya. Además, tampoco estoy tan mal.
Fue incapaz de mirarla a los ojos.
—Si hubiese intentado violarme, a lo mejor habría podido con él. Pero no se trataba de eso. No pude hacer nada. Nada.