Chapters (33)
- Sjowall amp; Wahlöö - Roseanna
- INTRODUCCIÓN
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- RESEÑA BIBLIOGRÁFICA
Kollberg inclinó la cabeza y le miró con gesto preocupado.
—Suena peor que dieciocho damas de las camelias. Ven aquí y deja que tu doctor te eche un vistazo.
Observó a Martin Beck a través de la lupa.
—Si no obedeces a tu médico, vas a acabar mal. Vete a casa, métete en la cama y tómate un par de vasos gigantes de ponche. Mejor tres. Ponche de ron, es lo único que ayuda. Luego a la camita y te despertarás sano como una rosa.
—¿Y eso qué es? Además, no me gusta el ron —se quejó Martin Beck.
—Pues háztelo con coñac. No te preocupes por Kafka. Si llama yo me ocupo de él. Mi inglés es excelente.
—No creo que llame. ¿Tienes aspirinas?
—No, pero te puedo dar una chocolatina.
Martin Beck volvió a su despacho. El aire estaba espeso y viciado, pero no ventiló para evitar que entrase frío.
Media hora después volvió a llamar a Ahlberg, seguía sin aparecer. Buscó la lista de la tripulación del Diana.Incluía dieciocho nombres y direcciones de distintos lugares del país. Seis de ellos eran de Estocolmo y dos de los nombres no tenían dirección. Otros dos vivían en Motala.
Cuando dieron las tres y media, decidió seguir el consejo de Kollberg. Recogió la mesa, y se puso el sombrero y el abrigo.
De camino a casa, compró aspirinas en la farmacia.
Encontró un poco de coñac en la despensa, lo echó en una taza de caldo y se la llevó al dormitorio. Cuando su mujer le llevó un poco más tarde la estufa, ya estaba dormido.
Se despertó temprano al día siguiente, pero se quedó en la cama hasta las ocho menos cuarto. Luego se levantó y se vistió. Se sentía bastante mejor y el dolor de cabeza había desaparecido.
A las nueve en punto entraba en su despacho. Sobre la mesa vio un sobre con la pegatina roja de urgente. Lo abrió con el dedo índice sin quitarse el abrigo.
El sobre contenía la lista de pasajeros.
Enseguida se fijó en su nombre.
McGraw, R., señorita, EE UU, camarote individual A7.
Capítulo 10
—Yo sabía que llevaba razón —dijo Ahlberg—. Lo intuía. ¿Cuántos pasajeros iban a bordo?
—Sesenta y ocho según la lista —contestó Martin Beck, remarcando con el bolígrafo el número sobre el papel.
—¿Tenemos sus direcciones?
—No, sólo las nacionalidades. Va a ser un trabajo de chinos localizar a toda esta gente. Bueno, podemos eliminar a algunos, como niños y mujeres mayores, por ejemplo. Además, hay que localizar a los empleados y a la tripulación. Son dieciocho personas más, dispongo de sus direcciones.
—Dijiste que Kafka pensaba que viajaba sola. ¿Tú qué crees?