Chapters (33)
- Sjowall amp; Wahlöö - Roseanna
- INTRODUCCIÓN
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- RESEÑA BIBLIOGRÁFICA
Martin Beck se quedó un rato con la mano en el auricular, luego frunció el ceño y cruzó el salón como un sonámbulo. Cerró la puerta despacio y se sentó delante de la maqueta, llevó la mano derecha hasta uno de los estays del mástil de mesana, pero la dejó caer enseguida.
Siguió allí una hora más; hasta que su mujer entró y le mandó a la cama.
Capítulo 8
—No tienes muy buen aspecto que digamos —comentó Kollberg.
Efectivamente, Martin Beck no se sentía bien. Estaba constipado, le dolían la garganta y los oídos, y tenía pitidos en los bronquios. Siguiendo la evolución habitual, el resfriado había entrado en su fase más dolorosa. Aun así, había desafiado deliberadamente la enfermedad y la guerra en casa, pasando todo el día en su despacho. Había escapado de los cuidados asfixiantes que le hubieran caído encima de haberse quedado en cama. Desde que los niños se habían hecho mayores y no la necesitaban tanto como antes, su esposa, con entusiasmo fervoroso e inoportunidad enfermiza, había asumido el papel de enfermera del hogar y los recurrentes períodos gripales de su marido constituían para ella eventos tan importantes como los cumpleaños y períodos festivos.
Además, por alguna razón, le daba cargo de conciencia quedarse en casa.
—¿Qué haces aquí si no estás bien?
—No me pasa nada.
—No le des tantas vueltas a esa historia. No ha sido precisamente nuestro primer fracaso. Ni será el último, lo sabes tan bien como yo. Y eso no nos hace ni mejores ni peores. Por cierto, ¿es algo que merece la pena? ¿Ser un buen poli?
—No estoy pensando en eso.
—No te comas la cabeza. Es malo para la moral.
—¿La moral?
—Sí, imagínate la cantidad de mierda que uno puede llegar a pensar si sólo se dedica a eso. Las cavilaciones son la madre de la ineficacia —sentenció Kollberg, y se marchó.
Terminó siendo un día aburrido y sin acontecimientos, lleno de est ornudos, escupitajos y gris rutina. Llamaron a Motala dos veces, más que nada para animar a Ahlberg, quien a la luz del nuevo día, se había dado cuenta de que su descubrimiento no servía de nada mientras no se pudiera relacionar con el cadáver de la presa de la esclusa.
—Supongo que resulta fácil sobrestimar las cosas cuando se lleva mucho tiempo trabajando como un perro sin resultado.
Ahlberg lo dijo herido y apesadumbrado. Su voz casi partía el corazón.
La chica desaparecida de Räng seguía sin dar señales de vida. No le preocupaba. Medía ciento cincuenta y cinco centímetros y tenía el pelo teñido y peinado al estilo de la Bardot.