Chapters (33)
- Sjowall amp; Wahlöö - Roseanna
- INTRODUCCIÓN
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- RESEÑA BIBLIOGRÁFICA
—¡Mierda! Llámame en cuanto llegue a casa.
Transcurrió media hora antes de que Stenström llamara de nuevo.
—No se ha ido a casa, está en Upplandsgatan. No parece notar que tenga pies. Anda sin parar. Los míos no aguantarán mucho más.
—¿Dónde estás ahora?
—En la plaza Norra Bantorget. Acaba de dejar atrás el Teatro de la Ciudad.
Martin Beck pensó en el hombre que en esos momentos estaba pasando delante del teatro. ¿Qué le pasaría por la cabeza?, si es que guardaba algo dentro. ¿Quizá sólo caminaba, hora tras hora, gobernado por algún oscuro instinto? ¿Qué sentía? Llevaba más de ocho horas dando vueltas, inconsciente de su entorno, encerrado en sí mismo y con una idea torturándole, una decisión que iba madurando.
Durante las tres horas siguientes, Stenström llamó cuatro veces desde distintos puntos. El hombre caminó todo el tiempo por las calles de los alrededores de Eriksbergsplan, pero nunca se acercaba lo suficiente como para poder ver la casa de Sonja.
A las dos y media, Stenström avisó desde Rörstrandsgatan que Folke Bengtsson por fin se había ido a casa y acababa de apagar la luz de su dormitorio.
Martin Beck mandó a Kollberg a relevarlo.
A las ocho de la mañana del domingo, Kollberg volvió, despertó a Ahlberg, que estaba durmiendo en un sofá, se tumbó en el mismo sitio y se durmió enseguida.
Ahlberg entró a ver a Martin Beck, que se encontraba sentado junto al teléfono, meditaba.
—¿Ha llegado Kollberg? —preguntó alzando la vista y mirándole con los ojos rojos.
—Está durmiendo. Cayó como un toro apaleado. Stenström permanece en su puesto.
Sólo tuvieron que esperar dos horas antes de recibir la primera llamada del día.
—Ha vuelto a salir. Camina hacia el puente a Kungsholmen.
—¿Qué aspecto tiene?
—El mismo. Viste igual. Dios sabrá si ha dormido vestido.
—¿Camina rápido?
—No, lentamente.
—¿Has podido dormir algo?
—Poco. Pero no me siento precisamente como Superman.
—Menos mal.
Hasta las cuatro de la tarde, Stenström contactó con ellos a intervalos regulares de aproximadamente una hora Folke Bengtsson llevaba en movimiento seis horas con dos breves paradas en una cafetería. Había recorrido Kungsholmen, Söder y el casco viejo. Ni siquiera se había acercado a la vivienda de Sonja Hansson.
A las cinco y media, Martin Beck estaba dormido en la silla delante del teléfono.
Un cuarto de hora más tarde, Stenström le despertó.
—Estamos en la plaza de Norrmalm. Va camino de Strandvagen y ahora parece diferente.
—¿De qué manera?
—Como si se hubiese despertado. Va como acelerado.
Hora y media después:
—Ahora tengo que tener más cuidado. Acaba de llegar a Sveavagen desde Odengatan. Está mirando a las chicas.
A las nueve y media.
—Karlavägen-Sturegatan. Pasea lentamente hacia la plaza Stureplan. Parece más tranquilo y sigue mirando a las chicas.
—Ten cuidado —le advirtió Martin Beck.
De repente sintió que estaba despierto y descansado, a pesar de que apenas había dormido en dos días.
Estaba estudiando el plano donde Kollberg había intentado reconstruir el errático itinerario de Bengtsson con un rotulador rojo, cuando sonó el teléfono.