Chapters (33)
- Sjowall amp; Wahlöö - Roseanna
- INTRODUCCIÓN
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- RESEÑA BIBLIOGRÁFICA
—Pobrecilla —dijo al frenar delante de la comisaría. Martin Beck le observó con una sensación de envidia que se transformó en desconfianza y al momento en respeto. Diez minutos más tarde, Ahlberg estaba sentado a su mesa en mangas de camisa, como siempre, hablando con el Instituto Nacional de Investigaciones Criminológicas. Larsson entró en el despacho, le estrechó la mano levantando inquisitivamente las cejas. Ahlberg colgó.
—Algunas manchas de sangre en el colchón y en la alfombra. Catorce para ser exactos. Están analizándolas.
Si no hubieran aparecido esas manchas de sangre, la teoría sobre el camarote como lugar del crimen habría sido desestimada.
El comisario ni siquiera se percató del alivio que esto suponía para los dos inspectores. La onda por la que transcurría su comunicación silenciosa le era bastante ajena. Volvió a arquear las cejas y preguntó:
—¿Eso es todo?
—Algunas huellas dactilares antiguas —respondió Ahlberg—. No muchas. Se limpian bien.
—El fiscal provincial está en camino —dijo Larsson.
—Es, por supuesto, muy bienvenido —añadió Ahlberg.
—Faltaría más —apostilló Larsson.
Martin Beck regresó en el tren de las 17:20 por Mjölby. El viaje duró cuatro horas y media, y durante todo el trayecto estuvo trabajando en la carta para América. Al llegar a Estocolmo, tenía las ideas más claras. No le contentaba del todo, pero debía servir. Para ganar tiempo, cogió un taxi hasta la comisaría del distrito de Nikolai, entró en un despacho y pasó la carta a máquina. Mientras la leía, podía oírse a los borrachos vociferar y proferir blasfemias y maldiciones desde la sala de cacheo, y a un agente que decía:
—Tranquilos, tíos, tranquilos.
Por primera vez en mucho tiempo se acordó de la época en que patrullaba, de la intensidad con la que había detestado esa triste rutina de los sábados.
A las once menos cuarto llegó a la oficina principal de correos de Estocolmo, en Vasagatan. La tapa de latón del buzón se cerró de golpe.
Fue andando despacio en dirección sur bajo una fina lluvia, pasó por delante del Hotel Continental y de los nuevos grandes almacenes. En las escaleras mecánicas del metro de T-centralen pensó en Kafka y se preguntó si aquel hombre al que no conocía, entendería realmente lo que quería decirle.
Martin Beck estaba cansado y se durmió en la estación de Slussen, confiado en que no tenía que bajarse hasta final de trayecto.