Chapters (33)
- Sjowall amp; Wahlöö - Roseanna
- INTRODUCCIÓN
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- RESEÑA BIBLIOGRÁFICA
Todo aquello era verdad. La mujer tendida sobre la lona tenía un nombre, una dirección y una profesión. Pero nada más.
—¿Crees que los investigadores forenses encontrarán algo?
—Esperemos que sí.
Ahlberg le echó una rápida mirada. No, no hacían falta palabras. Lo único que podían esperar razonablemente de la investigación forense era que al menos no contradijera la teoría según la cual el camarote n° A7 fue el lugar del crimen. El Dianahabía hecho veinticuatro viajes por el canal desde que la mujer de Lincoln estuvo a bordo. Eso significaba que el camarote se había limpiado a conciencia el mismo número de veces; que la ropa de cama, las toallas y otras pertenencias se habían lavado una y otra vez y mezclado con las de otros camarotes. También quería decir que entre treinta y cuarenta personas habían pasado por ese camarote después de Roseanna McGraw. Todos habían dejado su huella, naturalmente.
—Quedan las declaraciones de los testigos —comentó Ahlberg.
—Sí.
Ochenta y cinco personas de las cuales probablemente una era la culpable y las demás posibles testigos, como pequeñas piezas de un gran puzzle. Ochenta y cinco personas repartidas en cuatro continentes. Sólo localizarlas constituía un trabajo de Sísifo. ¿Cómo se las apañarían para tomarles declaración y analizar luego todos aquellos informes? No quería ni pensarlo.
—¿Y Roseanna McGraw? —preguntó Ahlberg.
—Sí —dijo Martin Beck. Y después de un rato—: Como yo lo veo, sólo hay una manera.
—¿Aquel tipo estadounidense?
—Sí.
—¿Cómo se llamaba?
—Kafka.
—Un nombre raro. ¿Te parece un buen poli?
Martin Beck recordó su absurda conversación telefónica de hacía unos días y eso le inspiró la primera sonrisa de aquel día sombrío.
—Difícil de determinar —contestó.
A medio camino entre Vadstena y Motala, Martin Beck pensó en voz alta:
—Las bolsas, la ropa, los utensilios de aseo, el cepillo de dientes, los souvenirs que había comprado. El pasaporte, el dinero, los cheques de viaje.
Ahlberg apretó el volante mirando fija y adustamente al camión que tenía delante desde hacía veinte kilómetros.
—Voy a peinar el canal —dijo—. Primero entre Borenshult y el puerto, luego al este del lago Boren. Las esclusas ya están, pero…
—¿Y el lago Vättern?
—Bueno. No tenemos muchas posibilidades de encontrar algo allí; además, es probable que la draga lo haya enterrado todo en el Boren. A veces tengo pesadillas con aquella condenada máquina, me despierto en mitad de la noche y me levanto de la cama blasfemando. Mi mujer piensa que estoy loco.