Chapters (33)
- Sjowall amp; Wahlöö - Roseanna
- INTRODUCCIÓN
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- RESEÑA BIBLIOGRÁFICA
Aguardó hasta que el hombre consiguió convencer de lo que fuera a los participantes del congreso y dejo que desaparecieran por el ascensor antes de acercarse a la recepción.
El recepcioni sta hojeó estoicamente el registro hasta que encontró el nombre al final de una de las páginas. Dio la vuelta al libro para que Martin Beck pudiera leerlo. Ella había escrito con letras mayúsculas elegantes y regulares. Lugar de nacimiento: denver, col, us. Lugar de residencia: lincoln, nebr, us. Último lugar de estancia: nebr, us.
MartinBeck comprobó todos los huéspedes que se habían registrado en torno al día treinta. Encima de Roseanna McGraw figuraban los nombres de al menos ocho estadounidenses. Excepto los dos primeros, todos indicaron algún lugar de Estados Unidos como último lugar de estancia. La primera de la lista se llamaba Phyllis, el resto del nombre resultaba ilegible. Había escrito Nordkap, Sweden, como lugar más reciente de estancia. El de debajo, Nordkap, Norga, en la misma columna.
—¿Fue un viaje organizado? —quiso saber Martin Beck.
—Déjeme ver —dijo el recepcionista inclinando la cabeza a un lado—. La verdad es que no me acuerdo, pero es muy probable. Solemos tener grupos de estadounidenses de vez en cuando. Vienen con el tren-dólar desde Narvik.
Martin Beck le enseñó la foto, pero el hombre negó con la cabeza.
—Lo siento, es que pasan tantos huéspedes por aquí…
Nadie la reconoció, pero aun así la visita mereció la pena. Ahora sabía dónde se había alojado, encontró su nombre en el registro e incluso pudo ver su habitación. El dos de julio abandonó el hotel.
«¿Y luego? ¿Adónde iría?», se preguntó a sí mismo en silencio.
Las sienes le palpitaban y ardían, y le dolía la garganta. Seguramente tenía algunas décimas de fiebre.
Quizá cogió un barco en el canal y subió a bordo un día antes de dejar Estocolmo. En el folleto de la compañía naviera había leído que se podía pasar en el barco la noche anterior a la partida. Cada vez estaba más convencido de que había viajado en el Diana,aunque de momento no había ningún indicio claro.
«Dónde se encontrará Melander», pensó, y justamente cuando se estiraba hacia el teléfono para marcar su número, se oyó un golpeteo nítido en la puerta.
Melander se quedó en el umbral.
—No —dijo—, en American Express no saben nada de ella. Ahora me voy a comer, si no te importa.
No tenía nada que objetar, así que Melander desapareció.
Llamó a Motala, pero Ahlberg no estaba.
Su dolor de cabeza empeoraba. Después de un rato buscando aspirinas, subió al despacho de Kollberg para pedirle unas cuantas. En la puerta le dio un aparatoso ataque de tos que le impidió hablar hasta pasado un buen rato.