Back Sarah Jane
Chapters (29)
  1. Cover Page
  2. Portada
  3. Portadilla
  4. Créditos
  5. Dedicatoria
  6. Citas
  7. 1
  8. 2
  9. 3
  10. 4
  11. 5
  12. 6
  13. 7
  14. 8
  15. 9
  16. 10
  17. 11
  18. 12
  19. 13
  20. 14
  21. 15
  22. 16
  23. 17
  24. 18
  25. 19
  26. 20
  27. 21
  28. 22
  29. Nota

Era un motel allá en la antigua carretera de dos carriles, nueve cabañas, la suya la última, «no hay gran cosa salvo serpientes y hierbajos más allá». Paradise Inn, con un par de letras, la primera A y la D, desaparecidas en combate mucho tiempo atrás. Hacía dos semanas había pagado todo el mes en efectivo. Hacía tres, quizá cuatro días, había llenado la bañera, colgado una lona alquitranada en un rincón del cuarto, colocado minuciosamente la escopeta y, según su póster, se había reunido con los cuarenta y cuatro veteranos que se suicidaban en el rato que pasábamos cotilleando sobre el retoque de michelines de alguna famosilla. El propietario estaba en el cuarto del fondo de la oficina con el volumen de la tele bien alto y no oyó nada. Encontró a Cal no mucho después de que lo hicieran las moscas.

Todavía consternado, KC lo pasó tan mal diciéndomelo como yo oyéndolo.

—¿Podemos ir a alguna parte, Sarah?

Lo dejé todo en manos de los voluntarios. KC y yo salimos un momento a un patio que usaban más los pichones que los residentes. Siempre mi momento preferido del día, mitad luz, mitad oscuridad, tanto podría haber sido por la mañana como por la tarde. Como si el día contuviera en su aliento, indeciso, todo su potencial.

—Pensábamos que Cal se había ido hacía mucho.

KC asintió.

—Creo que se fue, un tiempo. No habías tenido más noticias de él, ¿verdad?

—Solo aquella llamada. Cómo me iba, cómo lo llevaba el pueblo. Un gesto de despedida, en realidad.

Saqué a colación lo de las otras llamadas sin que hablara nadie, lo que dijo Laura Chen sobre un viejo amigo que había venido en mi busca, que mi vecina había visto a alguien delante de mi casa. Lo de que habían cambiado de sitio las cosas que tenía colgadas en la puerta del frigorífico.

—Pudo ser cosa de Cal —dijo KC—. Todo eso.

—O de Mills.

—O nadie. Nada.

En parte porque lo que tenía de Cal era solo mío, movida por una especie de tacañería, no saqué a relucir el cuaderno. «Cuando los interrogados dicen que no saben de qué estás hablando... Siempre lo saben».

KC me tendió un papel.

—Esto es una copia, Sarah.

Estaba hecha con nuestra antiquísima fotocopiadora, de la que salían copias borrosas, como si las leyeras a través de agua enturbiada. Se veía el borde irregular a la izquierda, donde la página copiada se había arrancado del cuaderno que me fue enviado o uno parecido.

—Estaba en la cama en la habitación de Cal, sujeta con un zapato.