Back Sarah Jane Save as PDF
Chapters (29)
  1. Cover Page
  2. Portada
  3. Portadilla
  4. Créditos
  5. Dedicatoria
  6. Citas
  7. 1
  8. 2
  9. 3
  10. 4
  11. 5
  12. 6
  13. 7
  14. 8
  15. 9
  16. 10
  17. 11
  18. 12
  19. 13
  20. 14
  21. 15
  22. 16
  23. 17
  24. 18
  25. 19
  26. 20
  27. 21
  28. 22
  29. Nota

El cadáver lo encontraron unos cazadores a primera hora de la mañana del martes hacia el oeste de la ciudad. Llevaba muerto algo más de un día, algo menos de dos, dijo el doctor Gilley. Y no sabía qué había ocurrido, maldita sea, pero había múltiples lesiones. Tenía una mano hecha polvo. Heridas recientes en la cabeza y la cara. Y el hombre tenía el cuello roto. Limpiamente y con rapidez. ¿Un accidente extraño?, pregunté. ¿Una caída? El doctor llevaba unas gafas enormes que le cubrían la cara desde las cejas hasta las flácidas mejillas. A través de ellas al moverse, veías el mundo combarse a su alrededor, distorsionado. Podría ser, respondió.

La identificación de las huellas llegó antes de que hubiera terminado la autopsia. Policía veterano, Pryor Mills de Kern, Nuevo México. KC hizo la llamada y habló con el jefe de allí, quien informó de que Mills se encontraba de baja por asuntos personales. No, no estaba al tanto de que el agente Mills hubiera salido del estado ni de qué objetivo podía tener al hacerlo. No podíamos decir de manera concluyente lo que había ocurrido, dijo KC, aún no. Lo investigaríamos más a fondo, claro, pero de momento lo considerábamos una muerte accidental. Una última pregunta. El agente Mills no llevaba ninguna identificación encima cuando lo encontraron. ¿Tenía el jefe alguna idea de a qué podía deberse? Y otro no, en un firme desfile de ellos.

KC le aseguró al jefe que le mantendría informado, volvió a darle las gracias y colgó.

Le dije a KC que lo había hecho bien. Por preparadas que estén, las notificaciones son duras, y no se vuelven más fáciles con el tiempo.

Asintió.

—En este trabajo, cada vez que crees que le has cogido el tranquillo, te pasa otro tren por encima.

Tenía razón. El manual de jugadas da por el saco. Te preparas y te preparas, y luego acabas casi siempre improvisando sobre la marcha.

El funeral de la señora Whit se celebró esa tarde. Asistimos Brag, KC, yo y dos cuidadoras del Slope. Una de las empleadas del Slope había llevado a sus hijos. A juzgar por los comentarios en voz baja entre ellos, me parece que estaba haciendo todo lo posible para explicarles de qué iba la ceremonia. A KC, educado en el catolicismo, le intrigó la brevedad y la sencillez de la misma.