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Chapters (29)
  1. Cover Page
  2. Portada
  3. Portadilla
  4. Créditos
  5. Dedicatoria
  6. Citas
  7. 1
  8. 2
  9. 3
  10. 4
  11. 5
  12. 6
  13. 7
  14. 8
  15. 9
  16. 10
  17. 11
  18. 12
  19. 13
  20. 14
  21. 15
  22. 16
  23. 17
  24. 18
  25. 19
  26. 20
  27. 21
  28. 22
  29. Nota

Hay gente que te incomoda, nunca te sostiene la mirada. Una vez que este tipo clavaba sus ojos en los tuyos, ya nunca apartaba la vista. Se oían historias sobre él contadas por otros polis, por gente de la calle, por enfermeras de urgencias, por chicos del instituto o por jugadores empedernidos. Era una época más sencilla para algunos por aquel entonces, un mundo trazado con límites claramente definidos. A los hombres blancos no les habían dicho, ni imaginaban siquiera, que no les correspondían privilegios por derecho de nacimiento. El poder era poder. Para mantenerlo, hacías uso de él. Y Mills era listo, listo de una manera despiadada. Conseguía resultados, al margen de lo que hiciera falta. Pryor Mills no cruzaba una sala sin un objetivo. Y aquí estaba, si en efecto era él, lejos de casa y de su puesto de poder, en mitad de lo que para él era la nada. Mi nada.

Iba a salir por la puerta principal para darle alcance cuando Andrea me indicó con un gesto que esperase, habló brevemente por el auricular y luego colgó. Linda, de Sunny Slope, había llamado para decirnos que Mildred Whit preguntaba por mí.

En el transcurso de un par de años había hecho visitas con poca regularidad a Sunny Slope. Durante una de las épocas de crecimiento del pueblo, un empresario creyó que Farr continuaría expandiéndose y construyó un complejo de ocio allí donde estaba proyectado que llegaran los límites de la población. Esos límites se quedaron a medio camino, las obras se interrumpieron y las malas hierbas se adueñaron de todo. Al final, una iglesia local consiguió la donación del lugar, reunió más contribuciones de la comunidad y abrió un asilo de ancianos.

El Slope se había puesto en contacto conmigo para que les asesorara en temas de seguridad después de que robaran su farmacia. Con mejores cerraduras, mejores protocolos y una cámara de seguridad se solucionó el asunto y, entre tanto, mientras curioseaba por el centro, a la señora Whit le dio por llamarme Hilda, como su hija menor. Yo tenía toda la impresión de que ella sabía que no era Hilda, si no al principio, desde luego con el paso del tiempo, pero todos habíamos seguido de manera tácita con la ficción. Cada vez que iba, su habitación era mi primera parada. Así pues, tras echar un vistazo a las calles aledañas en busca de Pryor Mills o alguien que se le pareciera, me dirigí hacia allí. De camino zigzagueé por el pueblo, por si acaso.