Chapters (29)
Pero para creerlo, habría que tener alguna clase de sistema cerrado de creencias, ¿no? Una vez, cuando era niña, una visita a nuestra casa que había sufrido todo un maratón de desgracias dijo «Todo ocurre por un motivo» y, antes de que yo misma supiera que iba a abrir la boca, momentos antes de que papá me despachara de la habitación, le dije que era la mayor estupidez que había oído nunca, un penoso intento de consolarse.
Hay cosas que ocurren sin más.
Aun así, una vez empiezas a hurgar en el pasado, es difícil parar.
Al día siguiente, salí del despacho para lo que empezó como una ronda de rutina por la ciudad (ya puestos, podía echarle un vistazo a esa propiedad que codiciaba Stu Coleman) y una hora después me encontraba en la antigua carretera de dos carriles que antaño iba hacia la capital y ahora se estaba desmoronando, medio hundida en la tierra, y solo se usaba para acceder al vertedero del pueblo. Más aún, se alejaba de Farr, y yo no tenía ninguna razón para estar allí, a kilómetros del pueblo.
¿De cuántas vidas me había marchado, a pie o en coche, a estas alturas?
Me incorporé a la Ruta Estatal 61 y pasé por delante de una granja abandonada con los restos de una casa y un granero y un puñado de pollos dispersos que se habían quedado o habían sido abandonados.
Pasé mucho tiempo entre pollos cuando los criábamos. Todo lo que podía automatizarse era automático —dispensadores de pienso y agua, temporizadores para el gas de las incubadoras, lámparas de calor—, pero el equipamiento requería atención constante, y seis mil pollos dejaban un montón de excrementos. Tres gallineros, cada uno de 7 por 22 metros. Eso son muchos kilos y metros cuadrados de serrín que rastrillar. Y muchos sacos de veinticinco kilos de pienso que cargar.
Fue entre los pollos donde la cosa cobró sentido para mí. No sé exactamente cuándo, pero todavía era lo bastante pequeña para colarme por el agujero en la verja de los Bishop, ocho o nueve quizá. Me agaché a mear. Un escarabajo del tamaño de una alubia roja caminaba —me pareció a mí— por la juntura de la pared y el suelo. Pero mientras lo miraba me di cuenta de que no caminaba por la pared, sino contra la pared. La alcanzaba, se quedaba inmóvil un momento antes de apartarse y girar en círculo, y luego volvía a darse contra la pared. El escarabajo lo hacía una y otra vez, sin salirse nunca de una zona de cinco centímetros cuadrados. Tenía objetivos, un plan, no se daba por vencido.