Chapters (29)
Desde luego, no tenía la menor idea de lo que estaba pasando, pues no había tenido noticia de la reunión hasta la víspera y todo el asunto, desde asistir a reuniones así hasta cualquier cosa relacionada con recalificaciones e ingresos gravables, me resultaba tan ajeno como cocinar un refrito de saltamontes para cenar. Pero lo que sí sabía era que las propiedades a las que había echado el ojo Stu Coleman albergaban a buena parte de los más pobres de la ciudad y que si los desalojaban de allí no tendrían ningún sitio a donde ir. Stu aseguraba que les construiría viviendas asequibles en alguna otra parte. Sí, claro. Por suerte, no era la única que recelaba. Se presentó toda una hilera de ciudadanos incrédulos, ocho nada menos. Después de cada declaración de Stu, el alcalde Baumann o los miembros del concejo, uno de los antagonistas, empezando por la izquierda y continuando ordenadamente hacia la derecha, levantaba la mano para plantear una pregunta.
Había entrado en casa para lavar el túper cuando sonó el teléfono. Esta vez, llegué antes que el contestador.
Brag.
—¿Te dice algo San Antonio?
—No que yo recuerde. ¿Por qué?
—Estaba aquí recibiendo llamadas en relación con Cal. Así que contesto pensando que sería otra de esas, y lo que oigo es «Sarah Pullman, por favor».
—¿Hombre o mujer?
—Hombre.
—¿Ha dicho algo más?
—Cuándo estarás disponible. Y no ha dejado número ni mensaje, volverá a llamar...
Esperé.
—Me ha dado mal rollo. Como si estuviera pirado o usara una especie de código extraño. He rastreado la llamada hasta San Antonio.
—¿Podemos hacer eso?
—La compañía telefónica puede, cuando conoces a la persona indicada.
—Gracias, Brag.
—Estamos recibiendo la hostia de llamadas en relación con Cal. ¿Quieres que digamos algo en particular?
—Lo típico. Estamos en ello.
—Ah, ¿sí?
Hacemos lo que podemos, dije.
—¿Algo más?
Dejó que el silencio respondiera por él.
—Llámame si...
—Vale.
Lo cierto es que no tenía ni la menor idea de por dónde empezar, qué hacer. Era como si me hubieran dejado entre las manos un nudo más duro y liso que una bola de billar y tuviera que permanecer ahí sentada hasta desentrañar el modo de deshacerlo. También me preguntaba algo que ya me había preguntado en muchas ocasiones: ¿le traía mala suerte a la gente cercana a mí? Mi madre, Oscar, Yves, Random. La bebé. Ahora Cal.