Chapters (29)
Para entonces vivía en Farr, un sitio de esos en los que hay casas de pan de jengibre de época pared con pared con viviendas modernas que parecen hechas con una plantilla, donde ferreterías y gasolineras en las que se vende cebo vivo se aferran a los márgenes de la población, donde se oye el susurro de las vocales de la madre patria en el habla local. Según la leyenda, antaño había habido dos poblaciones gemelas, pero la de Nearr hizo el hatillo y se largó. La noche antes de ir a ver a Cal, estaba tumbada en la cama con la radio a bajo volumen pensando en la angustia de Yves, en Ran contándome que su madre creía en el azar y en poco más, en papá diciéndome que somos de buena estirpe montañesa, no llamamos a la policía, nos ocupamos de los asuntos nosotros mismos. Iba pero que muy justa de dinero y no tenía ningunas ganas de ponerme a cocinar.
Después de que hubiera hablado largo y tendido y por fin me callara, Cal dijo: «Aquí tengo una lista de preguntas. Se supone que debo preguntarte por qué quieres el empleo. Cuáles son tus mejores cualidades. Dónde te ves dentro de diez años. Que le den. ¿Quieres un café? Déjame que te hable de nuestro pueblo».
Cuando terminamos, señaló con un dedo de ébano de una longitud imposible un póster en la pared a mi espalda. Se veían un montón de trapos y pertenencias extraviadas —¿habría una persona allí debajo?— en un callejón. «Tengo una pregunta —dijo—. ¿Qué piensas de eso?».
EN EL RATO QUE HAS ESTADO COTILLEANDO
SOBRE EL ÚLTIMO RETOQUE DE MICHELINES
DE ALGUNA FAMOSILLA
SE HAN SUICIDADO 44 VETERANOS
Me volví hacia él. Estaba vacía, y me limité a menear la cabeza. Me dijo que el puesto era mío.
La casa estaba apartada de la calle, era de color blanco y sin adornos, de tiempos más sencillos cuando, equivocadamente o no, entendíamos que el sueño americano era más colaborativo que competitivo. Los restos de una barbacoa de obra se agarraban al jardín lateral junto con una mesa de pícnic cuyas patas parecían roídas por un laborioso castor. Dejabas la ensaladera en la cabecera y se deslizaba tan rápido que la cogías en la otra punta. Un Dodge bien usado en el sendero de acceso me recordaba a un perro al que su amo no sacaba a dar ese paseo que tanta falta le hacía.