Chapters (33)
- Sjowall amp; Wahlöö - Roseanna
- INTRODUCCIÓN
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- RESEÑA BIBLIOGRÁFICA
Una gran parte del plan dependía de Kafka y de lo que él pudiera conseguir de ocho familias distintas repartidas por el continente americano. Los estadounidenses derrochan carretes, ¿no son conocidos por eso? Y además, si alguna otra persona —aparte del asesino— había estado en contacto con la mujer de Lincoln, sería lógico que fuera uno de sus compatriotas. Tal vez también deberían buscar al asesino entre sus compatriotas. Quizás un día de estos se quedaría con el teléfono pegado al oído escuchando la voz de Kafka entre el ruido de fondo: Yeah, I shot the bastard.
En medio de esa reflexión, Martin Beck se durmió de una manera más repentina y natural que en mucho tiempo.
Al día siguiente seguía cayendo esa llovizna gris, y las últimas hojas amarillas se pegaban mustias contra las paredes de las casas y los cristales de las ventanas.
Como si los pensamientos nocturnos de Martin Beck hubiesen llegado hasta él, Kafka le mandó un lacónico telegrama urgente: «Envíe todo el material posible».
Dos días después, Melander, a quien nunca se le olvidaba nada, se sacó la pipa de la boca y comentó tranquilamente:
—Uli Mildenberg está en Heidelberg. Ha pasado allí todo el verano. ¿Quieres que le interroguen?
Martin Beck meditó cinco segundos.
—No.
Estuvo a punto de añadir: «pero apunta la dirección». Se calló en el último momento, se encogió de hombros y bajó a su despacho.
Durante estos días le había ocurrido más de una vez que no tenía nada especial que hacer. La investigación había entrado en una fase en la que —en gran parte— avanzaba por su propia dinámica, y a la vez se propagaba por el mundo como el argumento de una novela folletinesca anticuada. Desde Ahlberg en Motala, una «línea roja» le unía a él en Kristineberg, y desde aquí se extendía en forma de abanico hasta una serie de puntos en el mapa: de Cabo Norte a Durban en el sur y Ankara en el este. La línea más importante sin comparación conducía al despacho de Kafka en Lincoln, casi diez mil kilómetros al oeste. Desde allí se ramificaba a media docena de lugares en el continente americano muy distantes entre sí.