Chapters (33)
- Sjowall amp; Wahlöö - Roseanna
- INTRODUCCIÓN
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- RESEÑA BIBLIOGRÁFICA
—¿Porque fue a parar a la mesa de dos viejos soldados sordos como tapias y tres viejas medio cegatas? No es mala suerte, sólo la más que conocida ley de Murphy. Vamos a casa y a la cama. Yo te llevo. ¿O prefieres ir en el metro?
—Primero hay que mandar un telegrama a Kafka. El resto de las cartas las escribiremos mañana.
Media hora más tarde habían terminado. Kollberg conducía rápido y sin precaución bajo la intensa lluvia, pero Martin Beck no parecía darse cuenta, a pesar de que los coches normalmente le incomodaban. Permanecieron callados todo el camino. Cuando llegaron al edificio de Bagarmossen, Kollberg se sacudió y dijo:
—Bueno, así que ahora toca pensar en esto toda la noche. Hasta luego.
En el piso reinaba la oscuridad y el silencio, pero al pasar por el dormitorio de su hija oyó un sonido apagado de música en la radio. Probablemente tenía el transistor debajo de la almohada. Cuando él era pequeño, solía leer novelas de aventuras en el mar con una linterna bajo la sábana.
En la mesa de la cocina encontró pan, mantequilla y queso. Se preparó un bocadillo de queso y fue a buscar una cerveza al frigorífico. No había. Se comió su frugal cena de pie, junto al fregadero, y la regó con medio vaso de leche.
Luego entró en el dormitorio y se metió en la cama con mucho cuidado. Su mujer se dio la vuelta medio dormida e intentó decir algo. Él se quedó inmóvil de espaldas, conteniendo la respiración. Después de un par de minutos, la respiración de ella volvió a ser regular e inconsciente. Se relajó, cerró los ojos y empezó a pensar.
Roseanna McGraw había aparecido en una de las primeras fotos. Además, esas fotos identificaban claramente a otras cinco personas, los dos militares jubilados, sus esposas y la viuda Liebeneiner.
Podía contar tranquilamente con veinticinco o treinta series de fotografías más, la mayoría más extensa que ésta.
Rastrearían cada negativo, obligarían a los fotógrafo s a que indicaran detalladamente todos los que aparecían en sus fotos. Tenía que funcionar, por fin podrían reconstruir el último viaje de Roseanna McGraw. Lo verían ante sí como una película.