Back Roseanna
Chapters (33)
  1. Sjowall amp; Wahlöö - Roseanna
  2. INTRODUCCIÓN
  3. Capítulo 1
  4. Capítulo 2
  5. Capítulo 3
  6. Capítulo 4
  7. Capítulo 5
  8. Capítulo 6
  9. Capítulo 7
  10. Capítulo 8
  11. Capítulo 9
  12. Capítulo 10
  13. Capítulo 11
  14. Capítulo 12
  15. Capítulo 13
  16. Capítulo 14
  17. Capítulo 15
  18. Capítulo 16
  19. Capítulo 17
  20. Capítulo 18
  21. Capítulo 19
  22. Capítulo 20
  23. Capítulo 21
  24. Capítulo 22
  25. Capítulo 23
  26. Capítulo 24
  27. Capítulo 25
  28. Capítulo 26
  29. Capítulo 27
  30. Capítulo 28
  31. Capítulo 29
  32. Capítulo 30
  33. RESEÑA BIBLIOGRÁFICA

—Las siete y diez.

—¿Hay alguien que viva cerca?

Kollberg estudió su cuaderno.

—Más cerca de lo que puedes imaginar —contestó—. Norr Mälarstrand. Un coronel jubilado y su parienta.

—¿Quién les visitó? ¿Tú?

—Melander. Me dijo que parecían buena gente.

—¿Nada más?

—No.

El asfalto estaba mojado , brillante y resbaladizo. Kollberg empezó a soltar tacos amargamente cuando su coche derrapó en la rotonda de la plaza de Lindhagen. Se retrasaron tres minutos.

Abrió la señora del coronel.

—Axel, son dos señores de la policía —gritó hacia dentro de la casa.

—Invítalos a pasar —rugió el coronel—. ¿O quieres que salga yo hasta la escalera?

Martin Beck se quitó el agua de lluvia del sombrero con unos golpes y entró. Kollberg se secó los pies con una energía conmovedora.

—Estamos de maniobras —bramó el militar—. Los señores deben disculparme por no levantarme.

En la mesita de al lado tenía una partida de dominó a medias, una copa de coñac y una botella de Rémy Martin. A dos metros de distancia, en el televisor —a un volumen más alto de lo imaginable— un episodio de un día en la vida de la familia Jetson, que ya en circunstancias normales resultaba ensordecedor.

—En fin, tiempo de maniobras, como he dicho. ¿Quieren un coñac? Es lo único que ayuda.

—Yo tengo que conducir —voceó Kollberg con una mirada apesadumbrada a la botella.

Pasaron diez segundos antes de que ganara el sentimiento de solidaridad de Martin Beck. Se estremeció de pena y negó con la cabeza.

—Habla tú —le pidió a Kolberg.

—¿Cómo? —aulló el hombre del sillón.

Martin Beck consiguió reproducir una sonrisa y un gesto defensivo. Cualquier intento de participar en la conversación inutilizaría sus cuerdas vocales durante toda la semana siguiente, de eso estaba convencido. La conversación continuó.

—¿Fotografías? No, nosotros ya no hacemos fotos. Yo no veo muy bien y a Axel siempre se le olvida pasar el carrete. Por cierto, eso también nos lo preguntó aquel joven tan simpático que estuvo aquí hace quince días. Un muchacho encantador.

Martin Beck y Kollberg se intercambiaron una rápida mirada, no sólo asombrados por la peculiar descripción de Melander.