Chapters (33)
- Sjowall amp; Wahlöö - Roseanna
- INTRODUCCIÓN
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- RESEÑA BIBLIOGRÁFICA
Para ir de Gotemburgo a Motala hay que coger la carretera 40, dirección este, por Borås y Ulricehamn hasta Jönköping. Allí se toma la Carretera Europea 3, dirección norte, hasta Ödeshög, luego la 50 por Tåkern y Vadstena. El trayecto es de doscientos setenta kilómetros y esa mañana Ahlberg lo recorrió en poco más de tres horas.
Salieron hacia las cinco y media de la madrugada, mientras las máquinas de limpieza, los repartidores de periódicos y algún que otro policía seguían reinando en las calles resplandecientes por la lluvia, pero tuvieron que desaparecer muchos kilómetros de carretera gris bajo el coche hasta que uno de los dos rompió el silencio. Poco después de pasar Hindis, Ahlberg carraspeó y dijo:
—¿Crees realmente que ocurrió allí? ¿Dentro de aquel cuchitril?
—¿Dónde si no?
—¿Con gente a sólo unos centímetros al otro lado de la pared en el siguiente camarote?
—Del mamparo.
—¿Qué?
—De la pared no, del mamparo.
—¡Bah! —rezongó Ahlberg.
Diez kilómetros más tarde, Martin Beck dijo:
—Tal vez la mató precisamente por eso.
—Para impedir que gritara.
—Ya.
—¿Pero cómo pudo hacerla callar? Debió de estar… ocupado bastante tiempo.
Martin Beck no contestó. Cada uno recordó el pequeño camarote y sus características casi espartanas. Ninguno pudo evitar que se le disparara la imaginación. Ambos experimentaron la misma sensación de irremediable y escalofriante malestar. Se palparon los bolsillos buscando tabaco y fumaron en silencio.
Al contemplar un extremo del lago Åsunden, Martin Beck recordó al rey regente de la Edad Media, Sten Sture, que en 1520 había estado tumbado allí abajo, vencido, sobre una camilla, mientras los remolinos de nieve jugaban sobre sus heridas y él acuñaba aforismos inmortales sobre la muerte. Su rostro del color de la pálida cera, apacible y desangrado. Cuando entraron en Ulricehamn, dijo:
—Puede que las lesiones más importantes se produjeran estando ya muerta, o al menos inconsciente. Hay indicaciones en el informe de la autopsia que así lo sugieren.
Ahlberg asintió con la cabeza. Sin necesidad de comentarlo, sabían que esa idea les aliviaba a los dos.
Pararon a tomar café en un autoservicio de Jönköping. Martin Beck se sentía mareado, como siempre, pero al mismo tiempo algo le levantó el ánimo. A la altura de Gränna, Ahlberg soltó lo que ambos llevaban pensando durante horas:
—No la conocemos.
—No —reconoció Martin Beck sin desviar la mirada del paisaje de la isla Visingsö, tierras del conde Per Brahe, envuelto en brumas pero hermoso.
—No sabemos quién era. Lo que quiero decir…
Se calló.
—Sé lo que quieres decir.
—¿A que no? Cómo vivía, cómo solía comportarse. El trato que tenía con la gente. Cosas así.
—Ya.