Chapters (33)
- Sjowall amp; Wahlöö - Roseanna
- INTRODUCCIÓN
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- RESEÑA BIBLIOGRÁFICA
—Aquí hay un número de teléfono de alguien de la embajada. Parece que te toca llamar.
Contento —aunque con cierto sentimiento de culpabilidad—, por cualquier excusa que le permitiera retrasar el tormento del metro, volvió a la mesa, pero ya era tarde. El personal de la embajada se había marchado.
Al día siguiente, miércoles, hacía peor tiempo que nunca. El correo de la mañana incluía una tardía denuncia por desaparición de una asistenta de veinticinco años de un lugar que se llamaba Räng. Por lo visto se encontraba en la provincia de Escania. No había regresado después de las vacaciones.
Durante toda la mañana se enviaron copias de la descripción de Kollberg y de las fotos retocadas al fiscal de la ciudad de Vellinge, en Escania, y a un tal teniente detective Elmer B. Kafka, Homicide Squad, Lincoln, Nebraska, Estados Unidos.
Después de comer, Martin Beck sintió cómo se le inflamaban las amígdalas y cuando llegó a casa por la noche ya le costaba tragar.
—Mañana la policía criminal se tendrá que arreglar sin ti, si no se las verán conmigo —le advirtió su esposa.
Abrió la boca para contestar, pero echó un vistazo a los niños y la cerró sin decir nada.
Ella no tardó en darse cuenta de su triunfo y siguió por la misma línea.
—Es que tienes la nariz completamente congestionada. Abres la boca para coger aire como una perca en tierra.
Dejó el cuchillo y el te nedor sobre la mesa, murmuró un «gracias por la comida» y se encerró con los aparejos de la maqueta de su buque. Al cabo de un rato, se sintió más relajado. Trabajaba lenta y metódicamente, y no le pasaban por la mente pensamientos ajenos. Si le llegaba algún ruido de la televisión de la habitación contigua, ni lo registraba. Después de un tiempo difícil de determinar, su hija se presentó ante la puerta, enfadada y con rastro de chicle en la barbilla.
—Te llama un tío por teléfono. En medio de Perry Mason…qué oportuno… Maldita sea, hay que cambiar de sitio el teléfono.
Maldita sea, hay que empezar a encargarse ya de la educación de los hijos.
Maldita sea, ¿qué le dices a una hija que acaba de cumplir trece años, adora a los Beatles y ya tiene tetas?
Entró con sigilo en el salón como si pidiera perdón por existir, echó una mirada apacible al gran abogado defensor Perry Mason, cuyo rostro perruno y decrépito llenaba en ese momento la pantalla de la televisión, y se llevó el teléfono al recibidor.
—Hola —dijo Ahlberg—. Oye, creo que tengo algo.
—¿Sí?
—¿Recuerdas que hablamos de los barcos del canal? Los que pasan por aquí durante el verano a las doce y media y a las cuatro.