Chapters (33)
- Sjowall amp; Wahlöö - Roseanna
- INTRODUCCIÓN
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- RESEÑA BIBLIOGRÁFICA
—A Kollberg y a Melander. Se marcharon ayer, como te dije.
—¿En coche?
—Sí.
—¿Y tú tienes que ir hasta allí traqueteando?
—Sí.
A su espalda, la oyó fregar la taza con la muesca en el borde y las rosas azules.
—Tengo que pagar la factura de la luz y las clases de equitación de la pequeña esta semana.
—¿No tienes suficiente?
—Es que no quiero ir al banco, ya sabes.
—Claro.
Sacó la cartera del bolsillo interior de la americana y echó un vistazo dentro.
Extra jo un billete de cincuenta coronas, lo observó, lo volvió a meter y se guardó la cartera en el bolsillo.
—Odio sacar dinero —insistió ella—. Es el comienzo del fin cuando uno empieza.
Sacó el billete de nuevo, lo dobló, se dio la vuelta y lo dejó encima de la mesa de la cocina.
—Te he hecho la maleta —dijo ella.
—Gracias.
—Cuídate la garganta. El tiempo es traicionero en esta época del año, sobre todo por las noches. Y llueve.
—Sí.
—¿Vas a llevarte esa horrible pistola?
«Sí, no… Pito, pito, colori to…», pensó Martin Beck.
—¿De qué te ríes? —preguntó ella.
—De nada.
Entró en el salón, abrió el cajón de la cómoda con la llave y sacó el arma. La introdujo en uno de los bolsillos de la maleta y lo cerró.
Era una Walter de 7,65 milímetros, fabricada con licencia en Suecia. No servía para casi nada, y además él no tenía buena puntería.
Salió al recibidor y se puso la gabardina. Cuando estaba con su sombrero negro en la mano, echaron el periódico por la ranura de la puerta que cayó a sus pies.
—¿No te vas a despedir de Rolf y de la pequeña?
—Es ridículo llamar «pequeña» a una niña de doce años.
—Me parece muy mono.
—Me da pena despertarlos. Además, ya saben que me voy.
Se puso el sombrero.
—Hasta luego. Te llamaré.
—Hasta luego, ten cuidado.
Estaba en el andén esperando el tren de cercanías mientras pensaba que no le importaba viajar a pesar de haber dejado a medias el buque Danmark.
Martin Beck no era jefe de la Brigada Nacional de Homicidios y no aspiraba a serlo. A veces incluso dudaba si llegaría a comisario algún día, aunque lo único que realmente lo podría impedir sería la muerte o alguna falta grave derivada de su puesto. Tenía el cargo de subinspector primero de la Policía Criminal de la policía estatal y llevaba ya ocho años en la brigada. Había gente que le consideraba el mejor interrogador del país.