Chapters (33)
- Sjowall amp; Wahlöö - Roseanna
- INTRODUCCIÓN
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- RESEÑA BIBLIOGRÁFICA
¿Se podían heredar rasgos tan específicos? No lo sabía.
Ella apartó la cafetera del fuego y sirvió el café. Él dejó de golpear la mesa.
—¿Quieres un sándwich? —le preguntó.
Él bebía con cuidado dando pequeños sorbos. Estaba sentado en el extremo de la mesa algo encorvado.
—La verdad es que deberías comer algo —insistió ella.
—Ya sabes que no puedo tomar nada por la mañana.
—Deberías, de todas maneras —le repitió—. Especialmente tú, con ese estómago que tienes.
Se pasó la mano por la mejilla y notó algunos pelos de la barba, muy pequeños y afilados. Bebió un poco más de café.
—Te puedo preparar una tostada —le ofreció ella.
Cinco minutos más tarde dejó la taza sobre el platillo, en silencio, levantó la mirada y observó a su mujer.
Llevaba un albornoz rojo lleno de pelotillas encima de un camisón de nailon, apoyaba los codos en la mesa y la barbilla en las manos. Era rubia, de piel clara, ojos redondos y algo saltones. Solía teñirse las cejas, pero en verano se le aclaraban y ahora las tenía casi tan rubias como el pelo. Le sacaba un par de años y, a pesar de que había engordado bastante durante los últimos tiempos, la piel del cuello empezaba a arrugársele.
Al nacer su hija, hacía doce años, dejó su trabajo en un estudio de arquitectura y nunca se preocupó de encontrar otro. Cuando el niño comenzó el colegio, Martin le propuso que buscara un empleo de media jornada, pero ella hizo cálculos y llegó a la conclusión de que no merecía la pena. Además, tenía buen carácter y se sentía feliz con su vida de ama de casa.
Bueno, pensó Martin Beck levantándose. Empujó el taburete azul bajo la mesa sin hacer ruido y se quedó junto a la ventana viendo caer la lluvia.
Por debajo del parking y de una pendiente de hierba, se extendía la autopista, brillante y vacía. Se distinguía una débil luz en algunas ventanas de los bloques de apartamentos de la colina, detrás de la estación de metro. Un par de gaviotas daban vueltas bajo el bajo cielo gris, pero por lo demás ni un alma.
—¿Adónde vas? —preguntó ella.
—A Motala.
—¿Vas a quedarte muchos días?
—No sé.
—¿Es por esa chica?
—Sí.
—¿Crees que te llevará mucho tiempo?
—No sé gran cosa, sólo lo que ha salido en los periódicos.
—¿Por que tienes que coger el tren?
—Los demás se fueron ayer. Al principio yo no iba a ir.
—Te estarán tomando el pelo, como siempre.
Respiró hondo y miro fijamente al exterior. Pareció que escampaba.
—¿Dónde te alojarás?
—En el Stadshotellet.
—¿A quien llevarás contigo?