Chapters (29)
Cuando vinieron, llevaba puesta la sudadera de NUNCA ESTUVE ALLÍ, la que me regaló Sid; Brag y el agente especial Tyrell Martin estaban en la puerta, con un policía estatal detrás. Brag se disculpó, Martin se quedó en silencio y no se mostró afectado, el policía estatal me sostuvo la mirada y negó con la cabeza. Me retuvieron durante cuarenta y ocho horas, pero todos sabíamos que no había indicios fehacientes.
Ellos lo sabían. Yo lo sabía.
Como mencioné al principio, no hice todas esas cosas que dicen que hice, pero a partir de ese momento, surgieron historias, rumores de todo tipo, relatos largos y pesados, cuentos chinos y toda suerte de narraciones imaginables. Sobre mi pasado, sobre Cal, sobre nuestra relación, sobre su suicidio, sobre el asesinato. Muchos perduran. Retumban a lo lejos como truenos.
¿Por qué no volví a la que había sido mi habitual posición de repliegue y seguí mi camino, lejos de Farr, de las historias, los recuerdos, los rechazos y las miradas subrepticias? No fue una decisión consciente. Por lo visto he dejado de tomarlas, aunque creo que a cierto nivel había llegado a la conclusión de que recogerlo todo bajo el brazo y largarte rara vez te quita peso de encima; que, en cambio, paso a paso, te va abrumando. La historia te tiene entre sus fauces, pese a todo.
Con el tiempo, a medida que seguía viviendo tercamente aquí, estando aquí, ocupándome de los pocos asuntos que me quedaban, las miradas y las conversaciones entre susurros disminuyeron. La comunidad nunca se avino a aceptarme del todo otra vez, pero primero me toleró, luego me trató con amabilidad y, a decir verdad, a día de hoy me siento más sola en compañía de otros que cuando estoy sin nadie.
Tampoco es que lo esté tan terriblemente a menudo. Una o dos veces a la semana viene Sid, preparo la cena para los dos, y luego nos sentamos fuera, hablando un poco pero sobre todo en silencio, el sonido de todo lo que ya estaba aquí antes que nosotros —el viento en los árboles, las cigarras, los trinos— es, definitivamente, un consuelo infinito. Los lunes y los jueves cocino para los residentes de Sunny Slope y los sábados para el hogar de veteranos de un par de pueblos más allá. Hay días que me monto en la camioneta y conduzco, por el campo bien lejos, pero siempre regreso.