Back Sarah Jane
Chapters (29)
  1. Cover Page
  2. Portada
  3. Portadilla
  4. Créditos
  5. Dedicatoria
  6. Citas
  7. 1
  8. 2
  9. 3
  10. 4
  11. 5
  12. 6
  13. 7
  14. 8
  15. 9
  16. 10
  17. 11
  18. 12
  19. 13
  20. 14
  21. 15
  22. 16
  23. 17
  24. 18
  25. 19
  26. 20
  27. 21
  28. 22
  29. Nota

A las nueve estaba sentada a la mesa con un café y varios meses de papeleo que KC había tenido el detalle de guardarme en una pila tan bien alineada como las cartas de un mazo.

¿Por qué había vuelto a ese trabajo?

El alcalde Baumann se pasó para decirme que se alegraba de que estuviera allí, un concejal y una concejala (esta última, según los rumores, con intenciones de presentarse a alcaldesa en las siguientes elecciones), el viejo doctor Newmann y luego un inversor que parecía tener en mente algún tipo de festival o feria allá en los terrenos de Meador, que fue todo lo que averigüé por sus palabras, ya que, a los cuatro o cinco pasos, cada frase se desviaba de su camino. Le dije que presentara una propuesta por escrito. Eso suele bastar.

KC y yo habíamos ido calle abajo a desayunar cuando por fin volví en mí, desplazando comentarios sin trascendencia sobre el tablero cual piezas de un juego de mesa mientras comíamos. El peso de la conversación solo cambió en una ocasión, cuando regresábamos sin prisa a comisaría.

«Si alguna vez quieres hablar conmigo del asunto, Sarah...». El resto se lo calló.

Dos agentes de la policía militar, más tiesos que postes, más amables que mozos de estación a la antigua usanza, vinieron de visita esa tarde. Billy Crestwood había desaparecido sin permiso. Habían venido en su busca. Su teniente les había aconsejado una visita de cortesía a la comisaría local y, como Billy procedía de gente de campo, sugerí que podía convenirles que yo les acompañase. Fuimos a la casa de su familia. Incluso desde lejos se veía que el primer piso de la vivienda estaba inhabitable desde hacía tiempo; abajo, abundaban las maderas de contrachapado y los bloques de cemento. Los terrenos, antaño zonas de cultivo de primera, eran sobre todo tierra y malas hierbas.

El abuelo de Billy nos salió al encuentro bien lejos de la casa para decir que no, señor, que no había visto a Billy, y que nadie más lo había visto tampoco, y que sí, que le importaba que los dos militares echaran un vistazo, pero que lo hicieran de todos modos, ya que estaban tan empeñados.

Los policías militares registraron la vivienda y no encontraron rastro de Billy, pasando por alto, en realidad, la huella solitaria de una recia suela nueva en el porche de atrás. Billy estaba allí por alguna parte, eso sin duda, pero yo no dije nada.

Cuando nos marchábamos, uno de los policías militares me preguntó cuánta gente vivía allí. Había perdido la cuenta, dijo, de los que salían cuando entraban ellos en habitaciones y espacios.

«Depende», fue la única respuesta que se me ocurrió.