Chapters (33)
- Sjowall amp; Wahlöö - Roseanna
- INTRODUCCIÓN
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- RESEÑA BIBLIOGRÁFICA
Colgó. Martin Beck se quedó un rato parado, pensando qué hacer. De pronto se puso nervioso y subió a la planta de arriba.
Melander acababa de colgar el teléfono cuando Martin Beck entró. Kollberg no estaba.
—Aquel barco, el Kalajoki,ha zarpado de Holmsund. Pasará la noche en Söderhamn. La compañía confirma que se encuentra a bordo.
Martin Beck volvió a su despacho y llamó de nuevo a Motala.
—Me llevo a uno de mis hombres y subimos en coche a buscarlo —dijo Ahlberg—. Te llamaré cuando lo tengamos aquí.
Se hizo un largo silencio. Luego Ahlberg preguntó:
—¿Crees que es él?
—No lo sé. Puede ser una casualidad, claro. Sólo lo vi una vez hace más de dos años, poco antes de ser condenado. Un tipo bastante repugnante.
Martin Beck pasó el resto de la tarde en su despacho. Se sentía incapaz de trabajar, pero consiguió liquidar un par de asuntos rutinarios que llevaban tiempo sobre su mesa. Sólo pensaba en el barco finlandés que iba rumbo a Söderhamn. Y en Roseanna McGraw.
Una vez en casa, intentó trabajar en la maqueta del barco, pero después de un rato se quedó sentado con los codos apoyados en la mesa y las manos cruzadas. Seguramente no sabría nada de Ahlberg hasta la mañana siguiente, al final se fue a la cama. Durmió mal y a las cinco se despertó.
Cuando llegó el periódico matinal, ya estaba afeitado y vestido. Iba por la sección de deportes cuando llamó Ahlberg.
—Lo tenemos aquí. Se hace el duro. No dice nada. No me cae precisamente bien. Por cierto, he hablado con el fiscal provincial. Me dijo que si necesitábamos un interrogador experto, te pidiéramos a ti que vinieras. Y creo que resulta indispensable.
Martin Beck echó un vistazo a su reloj. Se sabía de memoria el horario de trenes.
—Vale, me da tiempo a coger el tren de las siete y media. Nos veremos. Hasta luego.
Pasó antes por Kristineberg con el taxi para recoger la carpeta con las actas de declaración y los expedientes personales. A las siete y veinticinco estaba en el tren.